Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Con un lobito en el regazo

Con un lobito en el regazo

Cartas desde la biblioteca (03)


 

El archivo de la FCD posee una sección audiovisual que, si bien no es extensa, es rica en contenidos, a cual más interesante. Se trata de un acervo que incluye cientos de fotografías en papel, diapositivas de todas las épocas (con marcos de vidrio, metal, plástico y cartón), negativos e impresiones de negativos, películas y videos en todos los formatos producidos por la industria —incluyendo unos cuantos rollos del tristemente famoso nitrato de celulosa—, audio en casetes, y los soportes magnéticos y ópticos que resultan más familiares a las nuevas generaciones: disquetes, discos ZIP, CDs y DVDs.

Es un verdadero caleidoscopio de formatos: el paraíso para un bibliotecólogo interesado en conocer cómo fueron evolucionando los medios a través de los cuales los seres humanos hemos ido intentando salvar recuerdos del olvido y traspasar información a las siguientes generaciones. Pues, al fin y al cabo, de eso se trata todo este asunto en el que nos afanamos bibliotecarios, archivistas y afines.

De entre todos los documentos del aún incompleto inventario del archivo audiovisual, los que llaman más la atención y provocan el interés de propios y ajenos son los más viejos. Quizás porque rescatan de las fauces del tiempo hechos, paisajes y personas de los que difícilmente queden más rastros que aquellos que sobrevivieron plasmados en el material que tenemos delante. Y que se mantienen ahí a duras penas, vale aclarar.

La colección de fotos más antigua del archivo de la FCD es, hasta el momento (y digo "hasta el momento" porque continuamos abriendo cajas y descubriendo cosas semana tras semana), el llamado "álbum Nourmahal", una colección de fotografías impresas en papel y tomadas en 1930.

La Red de Redes nos cuenta que el USS Nourmahal fue un barco de unos 80 m de eslora, construido en 1928 como un yate de recreo para el multimillonario estadounidense Vincent Astor en los astilleros Krupp de Kiel, Alemania. Era el tercer yate de la familia Astor que llevaba ese nombre (que en hindi significa "Luz del palacio" y pertenece a la heroína de un poema incluido en Lalla Rookh, una novela de Thomas Moore de 1817). La portada de la revista Time del 6 de febrero de 1928 lo proclamó el mejor de su época. En 1940 la embarcación fue adquirida por la Guardia Costera de los EE.UU. por un millón de dólares, y en 1943 fue convertida por la Marina de ese país en una cañonera para afrontar la II Guerra Mundial. Por suerte para ella, jamás precisó entrar en combate. En 1946 fue decomisionada, y en 1948 se la abandonó. Su historia terminó en 1964, cuando fue vendida a chatarreros por 27.000 dólares y desarmada.

Entre 1928 y 1942, más allá de los usos meramente recreativos, el barco fue utilizado con fines filantrópicos, incluyendo el de servir de medio de transporte a varias expediciones naturalistas. En concreto, entre el 23 de marzo y el 2 de mayo de 1930, Vincent Astor trajo a Galápagos a un grupo de científicos estadounidenses, en un viaje de recolección de muestras. Los investigadores pertenecían al Acuario de Nueva York, al Museo Americano de Historia Natural y al Jardín Botánico de Brooklyn. El álbum "Nourmahal" muestra detalles de esa travesía, panorámicas de la naturaleza boscosa y exuberante de la parte alta de Santa Cruz, y momentos de los procesos de identificación, colecta y manejo de especímenes.

Y entre ellas, una que resulta curiosa es la que comparto: un marinero con una cría de lobo marino en el regazo.

La imagen llama la atención por la forma en la que se trataba a la fauna silvestre isleña en aquel entonces. Un trato que se prolongó hasta tiempos recientes y que quedó reflejado en otras fotografías, mucho más cercanas cronológicamente, y también conservadas en nuestro archivo.

En su conjunto, el álbum "Nourmahal" es un valioso material histórico que documenta unas prácticas académicas y científicas, frutos de su época, que hoy generarían al menos cierto debate, aunque tal trabajo componga el cimiento de lo que hoy se sabe sobre Galápagos. Desde la óptica actual, muchas de las expediciones científicas de aquellos tiempos llevaron a cabo verdaderos saqueos a la biodiversidad galapagueña.

Personalmente, cada vez que le echo un vistazo a la foto dejo de lado los asuntos académicos o las disquisiciones éticas y termino preguntándome quién sería aquel marinero, qué sentiría al cargar al lobito en el regazo, o cuál sería el destino de aquel animal.

Pues las imágenes que conservamos en bibliotecas y archivos tienen la capacidad de enviarnos a otros tiempos y lugares, en una experiencia personal e íntima de "viaje al pasado". La magia de esos pequeños fragmentos de memoria e historia —encapsulados sobre un papel o un cuadradito de película fotográfica— radica en que, como si fueran ventanas, nos permiten conectarnos directamente con aquel momento ya ido y con sus protagonistas. Con un mínimo esfuerzo de la imaginación, y si nos dejamos llevar, nos permiten incluso sentirlos cerca, respirar el aire que respiraban, oír sus voces...

Y eso incluye a ese marinero que trabajó en uno de los mejores yates de su época y vino a las Encantadas a principios del siglo pasado, y a un pequeño lobo galapagueño que fue arrancado de sus islas natales para afrontar un viaje sin retorno y con un destino incierto.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 08.10.2019.

Foto: Edgardo Civallero.

 


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