Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Bibliotecario

De alas y ferias

Crónicas galapagueñas (I)


 

[El trabajo bibliotecario no se limita a la aplicación de técnicas, la puesta en marcha de servicios o el debate de ideas. Hay una dimensión humana, personal, mucho más básica (y, por eso mismo, mucho más importante) y que es ignorada sistemáticamente. Precisamente el texto de esta entrada corresponde a una selección de crónicas del autor en las que recoge algunos de los pequeños detalles cotidianos que componen su experiencia de vida personal en isla Santa Cruz (islas Galápagos), donde trabaja como bibliotecario].

 

Un cielo de enormes alas

[Martes, 24 de abril]

 

Veo mi primer pelícano pardo cruzando en lanchón el canal de Itabaca, el brazo de mar que separa isla Baltra de isla Santa Cruz. Acabamos de dejar atrás un pequeño bajío cubierto de mangles que hay hacia el centro del canal cuando pasa a nuestro lado una silueta enorme, aerodinámica, veloz, volando prácticamente a ras de agua.

Me impresiona la talla, pero me impresiona aún más que haya pasado tan cerca de nosotros. Pronto me percataré de la confianza que buena parte de la vida silvestre galapagueña se toma con los humanos, que no somos más que visitantes (y/o invasores) de su hábitat natural.

Mi primera garza azul —enorme, elegante, magnífica— la veo precisamente al terminar ese cruce de Itabaca. Al irnos acercando al muelle en Santa Cruz, podría decirse que la garza nos espera, curiosa, en la rampa de atraque. Seguramente tiene su nido entre los densos manglares que orlan toda aquella costa. Con su cuello estirado, me animaría a asegurar que alcanza el metro y medio de alto.

Veo mis primeras fragatas llegando a Puerto Ayora, ese mismo día. Son descomunales: he leído que alcanzan los dos metros de envergadura; las que yo tengo a la vista llegan, sin duda, al metro y medio. Su silueta es como unir dos hoces alargadas, siendo las hojas las alas y los mangos la cola. La cabeza, pequeña, posee un pico curvo digno de una rapaz. El símil con las hoces no es casual: al volar, parece que van segando el aire. Eso, cuando no se quedan congeladas en un punto del cielo, clavadas con alfileres al azul sin nubes del firmamento de Ayora, oteando el panorama que se extiende bajo ellas.

Afortunadamente, pronto aprendo que esas tallas no son las más habituales entre la fauna voladora local; al menos, no más allá de la línea de costa. El interior de las islas es un universo de pájaros pequeños, dominado sobre todo por los muchos y variados pinzones de Darwin.

Decido que lo mejor será mantenerme lejos de la playa.

 

* * *

 

Feria

[Sábado, 5 de mayo]

 

—Buenos días, caballero —saludo. —¿A cómo los tomates de árbol?

Estoy en la feria de los sábados, en la parte alta de Puerto Ayora. La superficie cubierta que se utiliza como recinto ferial está llena de mesitas y estas, a su vez, llenas de todo tipo de producto, desde verduras y frutas a tubérculos, pollos, pescados, huevos, quesos o cerdos troceados. Son las 6 de la mañana y esto ya está repleto de gente.

El anciano que, con su esposa, tiene un par de mesas con un montón de frutas y verduras distintas —entre ellas los tomates de árbol que busco— me mira, sonríe, y susurra casi "cuatro por un dólar". Más que escuchar lo que dice, lo adivino. Lo supongo indígena, una suposición que se confirma inmediatamente cuando una mujer se dirige en quichua a su esposa, sentada tras él, para pedirle un enorme ramo de manzanilla. Le digo que perfecto, que quiero cuatro tomates de árbol. Ya he probado el jugo —a decir verdad, la fruta sin cáscara, licuada con agua y azúcar— y me ha gustado el sabor semi-ácido que tiene.

El hombre agarra una bolsa, la abre, la arremanga y me la coloca delante. Con una amable inclinación de la cabeza me indica que elija yo mismo. Me asombra: pocos vendedores dejan que el cliente escoja la fruta o la verdura, al menos allí de donde yo vengo. Agarro los cuatro tomates menos machacados que encuentro, pago e intercambiamos un "gracias, que pase bien" antes de seguir mi camino.

Paro en otro puesto, y ahí hago mi compra grande. Voy preguntando el precio de las cosas a la señora que me despacha, voy metiendo las bolsas de manzanas, de papaya, de papas rojas o de repollo en mi propia bolsa de la compra, y voy sumando los precios en voz alta. Terminada mi compra, con todo el producto bien ordenado, saco un billete de veinte dólares y se lo entrego. "¿En cuánto quedó la cuenta?" me pregunta la mujer. Me río por dentro. Sé de sobra que ha llevado esa cuenta mucho mejor que yo, pero le agradezco el gesto de confianza: es algo que hace mucho tiempo que no disfruto. Muy por el contrario: he tenido que llevar yo mismo las sumas mentalmente, controlar el peso de lo que me ponían y, muchas veces, discutir o pasar malos ratos debido a la falta de escrúpulos de los que me despachaban. No quiero decir que eso aquí no exista: estoy más que seguro de que sí. Pero de momento no lo he encontrado, lo cual termina convirtiéndose en un verdadero gesto de bienvenida, sobre todo cuando uno lleva el cartel de "gringo" pintado en la cara, en los ojos y en toda su piel.

"Si no conté mal, quedamos en nueve dólares", respondo. "Ya, nueve dólares", repone, utilizando ese "ya" ecuatoriano que tiene, desde mi percepción, medio millar de significados posibles y que todavía me tiene un poco despistado.

Me vuelvo a detener, un poquito más allá. "Pongamé dos libritas de tomates, madre" le pido a la señora. "Elija, pues" me dice, alcanzándome una bolsa de nylon. Pero los tomates me quedan un poco lejos. "Deme usted, nomás", le digo. "Y hágame quedar bien. Que mi novia me diga, 'amor, vos sí que sabés comprar'". La señora suelta la carcajada. "Ya, pues, lindos tomates le vamos a elegir, que su señora no le ande pegando, pues", me promete. Y el caso es que me los elige hermosos. Ni yo ni mi hipotética novia lo hubiéramos hecho mejor.

Y así enfilo para casa, cargado como un ekeko de frutas, verduras, tubérculos y una tajada de albacora de casi 10 cm de grosor, pescada ayer. Y varias sonrisas cosidas en mi cara, por las que no tuve que pagar un sólo dólar: esas me las llevo gratis.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 02.10.2018.

Foto: Barcos en Pelican Bay, Puerto Ayora, isla Santa Cruz, islas Galápagos, por Edgardo Civallero.

 


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