Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Bibliotecario

De ferias y pasos

Crónicas galapagueñas (IV)


 

[El trabajo bibliotecario no se limita a la aplicación de técnicas, la puesta en marcha de servicios o el debate de ideas. Hay una dimensión humana, personal, mucho más básica (y, por eso mismo, mucho más importante) y que es ignorada sistemáticamente. Precisamente el texto de esta entrada corresponde a una selección de crónicas del autor en las que recoge algunos de los pequeños detalles cotidianos que componen su experiencia de vida personal en isla Santa Cruz (islas Galápagos), donde trabaja como bibliotecario].

 

Feria

[Sábado, 12 de mayo]

 

Esquivo dos gallinas negras atadas por la pata a una enorme piedra calzada en la vereda, y me zambullo de cabeza en la feria de los sábados, en Ayora.

No puede decirse que desde lejos se oiga el barullo, lo cual resulta bastante llamativo para tratarse de un mercado latinoamericano. Lo que oigo desde dos cuadras antes de llegar son los "buenos días" de un montón de gente a la que no había visto en mi vida. Pienso que probablemente ellos sí me hayan visto a mi —mis pintas son bastante recordables, y Puerto Ayora no es más que el proverbial "pueblo chico"— aunque termino llegando a la conclusión de que mi bolsa roja enrollada bajo el brazo me delata como comprador de feria (a esa hora, ¿adónde más voy a ir?) y que el saludo responde a una amable y simpática solidaridad entre madrugadores que van a buscar producto fresco.

—Leche, vendo leche de vaca —pregona un señor con dos cántaros metálicos a su vera. El zafado de turno, que nunca falta, pasa a su lado y lo picotea: "Yo quiero leche de toro". El vendedor es rápido: "Ah, amigo, si usted gusta de eso...". La leche pasa de las cántaras a bolsas de nylon, que se atan cuidadosamente y se meten dentro de una segunda bolsa para asegurar el contenido. Me recuerda la venta ambulante de batidos de quinoa a los estudiantes de primaria antes de entrar a la escuela por la mañana, en La Paz, Bolivia: una bolsita llena de la bebida, con la boca atada en torno a un sorbete.

Voy pensando en el hermoso arroz con leche que podría hacerse con semejante materia prima mientras atravieso la sección de "comedor" de la feria. Hoy está concurrida. En general, son puestos hechos con cuatro o cinco mesas que forman un rectángulo, en cuyo interior está la vendedora, sus ollas y sus baldes, y en cuyo exterior se sientan los comensales, como si lo hicieran en el mostrador de un restaurante. Otros puestos son un poco más elaborados: en una mesa se despacha y en otra se come. Aún me asombra que, para el desayuno, se despache hornado de cerdo con mote, o arroz con pollo y aguacate. A las 6 de la mañana...

Parece que hubo buena captura de wahoo este fin de semana: todas las mesas de los pescadores lo despachan. "Compre wahoo, dos dólares la libra. No la pague a tres con cincuenta en el mercado de pescadores..." es el reclamo. Las amas de casa pican. "Póngame tres libritas, y me le quita el cuerito". También hay albacora —ubicua—, pez brujo y algunos ejemplares más chiquitos, a tres por un dólar.

Veo muchísimo plátano —los patacones y los chifles no se hacen solos, y son parte importante de la dieta isleña y de la de las tierras bajas ecuatorianas, de donde vienen muchos de los habitantes de las Galápagos— y poca yuca, mucho tomate de árbol y naranjilla y poca papaya. Todavía no conozco las temporadas de cada cultivo, de modo que en eso voy tocando un poquito de oído, aprendiendo a partir de lo que veo.

Mi "casera" —la vendedora a la que he decidido adquirirle el grueso de mi compra semanal, aunque siempre esté abierto a otras opciones— me despacha manzanas y un poco de repollo. Ando necesitando cebolla. "Un par de cebollas", le pido. "¿De cuál, de la colorada?" Miro hacia el área de las cebollas de su mostrador y veo lo que yo conozco como cebolla roja y cebolla blanca. "No, de la blanca", digo. "Alcánzame dos cebollas blancas", le pide la mujer a su marido, que está más cerca. El hombre echa mano de lo que para mí son cebolletas. "No, no, no, lo de al lado", aviso. Pero claro, las cebolletas tienen dos lados, y el hombre se tira hacia la izquierda, a los puerros. "No, a la derecha". El individuo posa su mano sobre las cebollas que yo quiero y me mira con cara interrogante, capaz que un poco harto del extranjero que no sabe cómo se llama la comida que come. "Sí, esas. Dos, quiero". "Cebolla perla, se llama" me dice mi "casera". Agrego un ítem a la lista mental de palabras ecuatorianas nuevas que tengo que recordar, mientras asiento y sonrío.

Para cuando termino de recorrer todos los puestos tengo mi bolsa roja de tela llena hasta los topes. Enfilo pesadamente el camino hacia casa. Y saliendo de allí me encuentro de nuevo con la piedra enorme calzada a la vereda. Ahora solo sujeta a una gallina. No luce muy contenta.

 

* * *

 

Contando mis pasos

[Lunes, 7 de mayo]

 

Hago un rollo con la bolsa de tela roja que llevo para hacer las compras (en Galápagos se recomienda utilizar la menor cantidad posible de "fundas"), me la coloco debajo del brazo y salgo, calle 18 de Febrero adelante, en dirección al "centro" de Puerto Ayora. Toca aprovisionarme de un par de productos básicos, de esos que parecen volar de la despensa.

Y de casa al supermercado —acción mecánica que me quedó como herencia de mis días de imprenta— voy contando mis pasos.

A los 43 pasos paso por delante de una casa cuyo frente está adornado por un enorme árbol de guanábana. Sé que lo es no porque conozca esa especie (ignoro por completo todas sus características, e incluso su nombre) sino porque al ejemplar en cuestión no le cabe una sola guanábana más en sus ramas. Un pinzón se deleita con una de ellas, caída y reventada sobre la vereda: asumo que no será el único pájaro de la vecindad que venga a hacer las cuatro comidas del día —y a tomar algún que otro tentempié— a este jardín.

Veintidós pasos más allá, a los 65, paso por delante de un taller de zapatero. Un taller a la vieja usanza. La que asumo será la esposa del zapatero está sentada en un banquito en la vereda, y se dedica a coser con una lezna la suela de un botín que tiene apoyado en su regazo, sobre su falda de colores. No atisbo lo que está haciendo su marido dentro: parece estar trabajando con una especie de sacabocados, esas herramientas que permitan abrir agujeros en el cuero. El local, que a lo sumo mide nueve metros cuadrados (lo cual explica, en parte, el porqué de la mujer trabajando fuera) no tiene sino un banco de trabajo pequeño, arrimado a la pared, algunas cajas y unas herramientas colgadas del otro muro.

A los 90 pasos me cruzo con un taller de mecánica. Por el ruido que escucho dentro, asumo que el trabajo allí se desarrolla de la misma manera artesanal en la que trabajaban los zapateros. Y asumo que no salen a enderezar algún caño de escape o a limpiar algún carburador a la vereda porque... bueno: mejor no asumir nada. Un poco más allá, en el paso 137, comienza una cancha de fútbol —que termina en el paso 180 y algo— en la cual dos equipos de chiquillos están queriéndose comer al réferi (un adulto) por lo que supongo será una mala decisión arbitral. Veo manos llevadas a la cabeza, mucho movimiento de brazo, y un juez imperturbable, seguro de que lo que dice es la ley, y al que no le guste, a patear el furbo al campito, que dirían en mi pueblo. Cosa harto difícil en un pueblo en donde todos los potreros parecen estar sembrados de arbustos espinosos y trozos de lava de grandes dimensiones.

Llego a la avenida principal un poco más allá y dejo de contar. Se acaba la vida de barrio y comienza la vida de "centro", una vida pensada para recibir al visitante, o, mejor dicho, para sacarle tajada a su presencia en la isla. Una vida carente, en gran medida, de los pequeños detalles que fui encontrando allí atrás, allí al lado, tan cerquita.

A solo un puñado de pasos.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 27.11.2018.

Foto: Detalle de hojas de Scalesia, isla Santa Cruz, islas Galápagos, por Edgardo Civallero.

 


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