Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero

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La soledad de un árbol-libro

La soledad de un árbol-libro

El árbol del Ténéré


 

Hay varios árboles famosos en los anales de la historia humana.

El Jaya Sri Maha Bodhi de Anuradhapura, Sri Lanka, una higuera sagrada (Ficus religiosa) propagada del árbol Bodhi del templo de Mahabodhi en Bodh Gaya (Bihar, India) bajo el cual Siddharta Gautama logró la iluminación y se convirtió en el Buda.

O el Shajarat-al-Hayat, el "Árbol de la Vida", un mesquite (Prosopis cineraria) de 400 años ubicado en Bahrein, en el medio de la desértica nada. O el Árbol de Guernica (Gernikako Arbola) del País Vasco, en España: un roble (Quercus ruber) que simboliza la libertad tradicional del pueblo vasco.

Sin embargo, hay algunos que no son tan conocidos, a pesar de haber sido notables.

El Árbol del Ténéré era lo que en lengua tamasheq se conoce como un kandili (Acacia tortilis) o un tafagag (Acacia raddiana): una acacia solitaria. Hasta hace cuarenta años fue considerado como el árbol más aislado del planeta: era el único en 400 km a la redonda.

[Tiempo más tarde se descubrió que la afirmación era falsa; oasis como el de Timia no se encuentran a más de 150 km del árbol].

El Ténéré (del bereber tiniri, "desierto") es una desolada sección del Sahara ubicada al noreste de Níger. Se trata de un desierto dentro del propio desierto. Los nativos Targui (mejor conocidos como "tuaregs", los "hombres azules") lo consideran una "zona aparte", un lugar por el que conviene pasar sin detenerse demasiado.

Los fósiles demuestran que hace milenios, durante el periodo Carbonífero, la zona estaba cubierta por un bosque tropical. Pero para el 2500 a.C. se había convertido en lo que es hoy. Las condiciones climáticas extremas lograron barrer del mapa todo vestigio de vida, convirtiendo esa tierra en una de las áreas menos hospitalarias del planeta. De toda la vegetación preexistente, solo un pequeño grupo de acacias, retorcidas y espinosas, lograron sobrevivir casi milagrosamente en un entorno tan hostil. A lo largo del tiempo, todas ellas fueron muriendo, hasta que quedó una sola. La última.

Medía tres metros de alto y, en una superficie tan plana y descubierta, era como un faro que podía verse desde lejos. Las caravanas azalai de los Targui —los más de 10.000 camellos que solían cruzar la región en noviembre y en marzo llevando mijo desde Agadez hasta Bilma, pasando por los oasis de las colinas de Kaouar, y regresando con sal y dátiles— se detenían bajo su escasa sombra. Aquella era la primera o la última parada de esos comerciantes nómadas. Dañarlo era inconcebible, un verdadero tabú: el árbol estaba protegido por un acuerdo tácito. Ni los camellos mordisqueaban sus ramas, ni los caravaneros usaban su madera para el fuego.

Era tan conocido que aparecía incluso en los mapas a gran escala. Durante el invierno de 1938-1939, los militares franceses que dominaban la región (como parte del África Occidental Francesa) cavaron a sus pies un pozo de agua de unos 40 metros. Fue entonces cuando se descubrió que sus raíces se hundían más de 30 metros, hasta alcanzar la capa freática. Cómo logró sobrevivir hasta que sus raíces perforaron el suelo y alcanzaron esa profundidad es todo un misterio.

La acacia fue descrita por primera vez por el etnógrafo y viajero Henri Lhote en su libro L'épopée du Ténéré; el explorador francés se encontró con el árbol por primera vez en 1934, cuando se inauguró la ruta automovilística entre Djanet (Argelia) y Agadez. Lo describió como un espécimen de tronco degenerado y enfermo, pero provisto de unas hermosas hojas verdes y muchísimas flores amarillas. En noviembre de 1959, el mismo autor lo volvió a ver, en su viaje con la misión Berliet-Ténéré, y dijo de él que era un árbol medio muerto, al que le faltaba uno de sus dos troncos, y que estaba desprovisto de la mayoría de sus hojas. Ocurre que durante la excavación del pozo francés en 1938, uno de los camiones militares que operaban en el lugar, al dar marcha atrás, arrancó de cuajo una de sus ramas. Aquella acacia añosa siguió viva a pesar de todo, pero perdió su tradicional forma de Y.

Hubo cierto número de artículos e informes sobre el árbol, especialmente en el Bulletin de liaison saharienne, activo entre 1950 y 1962 (p.ej. los textos de Lesour en 1959, de Mauny en 1960, o del propio Lhote en 1961).

En 1973, el Árbol del Ténéré fue tumbado por un conductor de camiones libio, presuntamente borracho. Los anillos concéntricos de su tronco partido demostraron que aquella acacia era, además de todo, un libro. Revelaron que había vivido unos 300 años, señalaron los eventos climáticos por los que había atravesado, las enfermedades y carencias que había sufrido...

En noviembre de ese año, sus restos fueron movidos hasta el Museo Nacional de Níger, en Niamey, en donde puede verse en la actualidad: restos secos de un ejemplar orgulloso que sobrevivió años y años soportando toda clase de penurias. Pero que no fue capaz de resistir la estupidez humana.

Poco tiempo después, un artista anónimo levantó, con viejos barriles de petróleo, tubos de metal y partes de auto usadas, una tosca escultura en el mismo sitio en el que solía alzarse el árbol. Allí sigue, pues, la famosa acacia, aunque sea en espíritu: sirviendo de faro a las actuales caravanas, que ya no llevan camellos sino camiones. Aunque algunos Hausa todavía hacen la ruta caravanera azalai, que ellos llaman tagalem, usando animales en vez de motores.

Quizás fue uno de ellos quien elevó ese monumento a la memoria de un viejo superviviente.

 

Acerca de la entrada

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Foto: El árbol del Ténéré. En Axolot.info [enlace].

 



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