Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero

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Bibliotecas. ¿Lugares de conocimiento?

Bibliotecas. ¿Lugares de conocimiento?

Un puñado de apuntes


 

Una de las definiciones populares de "biblioteca" señala que es "un lugar de conocimiento". Algunas definiciones académicas se aproximan, de una forma o de otra, a esa opinión, indicando que se trata de centros "de cultura" o espacios "de saber".

Me apresuraré a señalar que la de arriba no es una de mis afirmaciones favoritas sobre esos rincones que hemos dado en llamar "bibliotecas". Pero, for the sake of argument, voy a asumirla como correcta.

La afirmación me lleva a hacerme una pregunta: ¿un lugar de qué conocimiento?

En líneas muy generales —y reconozco que generalizar es un error, pero entrar en particularidades extendería este texto hasta límites insospechados— la biblioteca en América Latina ha sido y, en muchas ocasiones, sigue siendo considerada como un espacio de "alta cultura", de "auténtico" conocimiento. Uno de esos lugares en donde se atesora una suerte de "verdad" y de "pureza" epistémica que pueden servir de referencia y faro sobre lo que es real y lo que no, lo que es cierto y lo que no, lo que es correcto y lo que no, lo que está comprobado y lo que no.

En muchos países de nuestro continente, la biblioteca fue implantada como "herramienta de civilización" para combatir esa "barbarie" simbolizada por el campesino, el "indio", el "negro", el pobre, el obrero... No se trató solamente de un instrumento de educación: lo fue, también y sobre todo, de aculturación. Su función, en aquellos tiempos (¿tan lejanos, tan ajenos?) fue la de educar / civilizar a un populacho inculto, que no distinguía superstición o costumbre de "verdad", que no sabía nada de Arte (así, con mayúscula) o de Literatura, mucho menos de ciencia o de tecnología.

Estoy hablando de políticas republicanas decimonónicas que deben comprenderse en su contexto. Lamentablemente, muchas de esas ideas sobrevivieron, anidadas en algunas mentalidades colectivas bibliotecarias latinoamericanas, y en no pocas políticas públicas.

"El" conocimiento sigue siendo el escrito, el oficial, el académico... "La" literatura sigue siendo la publicada por las grandes editoriales, o la merecedora de premios... "Los" saberes son los que se transmiten en la lengua oficial (las lenguas minoritarias son curiosidades incluidas en las colecciones, en general, como un exotismo), "las" memorias son las que no contradicen demasiado los discursos hegemónicos, "los" soportes son los de siempre (¿papel encuadernado?), y "la" innovación, la más interesante y rompedora, suele ser la que viene del Norte global.

La oralidad es válida en tanto pueda ser escrita. Costumbres, creencias, hábitos y saberes "otros" aparecen reflejados en simpáticos libros de cuentos con los que se deja constancia cosmética de que vivimos en un continente plural. Las voces "otras" —esas de abajo a la izquierda, ya saben— figuran en recopilaciones sabiamente interpretadas y traducidas por personajes que saben lo que nos conviene leer. Los soportes pictóricos y materiales del saber que no sean libros, fotos, multimedias o similares elementos estándar no son bienvenidos, e incluso son mirados con suspicacia. Porque ¡cómo un mural o un grafiti va a ser un documento! ¿¡Un peinado, una pintura facial o un canasto, expresiones de saber!?

Y así se deja buena parte del conocimiento de nuestro continente fuera de la biblioteca, que sigue siendo una institución colonizada y colonizadora, que sigue dando visibilidad y espacio a los de siempre (e ignorando e invisibilizando a los de siempre). Las lenguas indígenas siguen apareciendo en cuentos para niños y gramáticas, las memorias afro-latinas figuran sólo en trabajos de investigación académicos y tesis doctorales, las películas y otros documentos audiovisuales (una forma de expresar memoria y tradición por parte de muchas comunidades) son cosas de una cinemateca (o son consideradas materiales "especiales", siguiendo el muy eurocéntrico modelo educativo bibliotecológico aplicado en América Latina), los artefactos que contienen información —es decir, documentos— son cosas de las que debería ocuparse un museo, la tradición oral es cosa de la que debería ocuparse un archivo (si que es hay archivos que se ocupen de eso), y así sucesivamente.

¿Qué conocimiento hay en nuestras bibliotecas, pues? ¿Qué historias, qué memorias? ¿Qué servicios se pueden proporcionar con esos materiales, qué espacios se pueden abrir, qué encuentros se pueden propiciar, qué caminos se pueden transitar desde ahí?

Y, sobre todo, ¿por qué? ¿Por qué esos conocimientos? ¿Por qué seguimos aplicando esas estructuras, después de más de tres décadas de discurso decolonial en América Latina, después de las Epistemologías del Sur de Boaventura de Sousa y de los trabajos de Cusicanqui, entre tantos otros?

¿Lugares de conocimiento? Pueden serlo. Deben serlo. De un conocimiento plural, contenido en infinidad de soportes, expresado en un montón de códigos, con mil raíces y mil orígenes, y un solo destino: abrirnos los ojos a nuevos y ricos futuros.

Las bibliotecas pueden ser "lugares de conocimiento", sí. Pero creo que aún no lo son. Al menos, no del conocimiento que necesitamos.

 

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Foto: América Latina. En 80 grados [enlace].