Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero

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Desde la bronca

Desde la bronca

Pensamiento bibliotecario desde el Sur (III)


 

Analía era una niña del pueblo Qom, una sociedad indígena del noreste de Argentina con la cual conviví y trabajé durante algunos años, allá atrás, hace tanto tiempo que ya perdí la cuenta.

Analía murió de deshidratación a los tres años, durante una de las muchas epidemias de cólera que azotaron su región, un lugar de cuyo nombre prefiero no acordarme.

Sé que esto ocurrió porque murió en mis brazos.

Esta experiencia fue una más de las muchas cicatrices que la vida se ocupó de tatuarme en la memoria a lo largo de las casi cinco décadas que llevo andando caminos. Si la traigo a colación aquí es porque una semana después de lo ocurrido, al pasar por la biblioteca popular más cercana al lugar donde vivían Analía y su familia, me encontré con una pila de panfletos en los que se informaba a la población sobre cómo tratar los síntomas de deshidratación. Era todo lo que hubiera necesitado aquella niña para sobrevivir.

Ahí fue cuando entendí esa frase tan repetida y hasta entonces tan vacía de significado real para mí: "la información es poder".

Cuando pregunté por qué esos panfletos estaban ahí y no en la comunidad Qom a la que pertenecía Analía, me respondieron, altaneramente, que "para qué se iban a molestar en irse hasta allá a entregarles esos panfletos si esos indios no sabían ni leer".

Ahí fue cuando entendí —de verdad, sin medios tonos ni cortapisas— eso del racismo, del clasismo, de la discriminación, del olvido, de la exclusión social, del ninguneo, de la invisibilización... Palabras crueles con consecuencias dramáticas, tan extendidas en mi país como en el resto de mi continente y, como supe luego, del mundo.

Y entonces empecé a pensar mi profesión y a escribir sobre ella desde la bronca. Es decir, desde la rabia, la frustración, la tristeza, el desconsuelo, la decepción...

Escribía entonces en un blog ya abandonado, "Bitácora de un bibliotecario", y lo hacía con una vehemencia, una desesperación y una indignación que jamás disminuyeron: mis experiencias en el seno de la realidad que me rodeaba no hacían más que alimentar y acrecentar esos sentimientos. Consultar los manuales de bibliotecología, los lineamientos internacionales, las políticas públicas, los artículos académicos y las conferencias institucionales sobre el mundo de las bibliotecas, y compararlos con lo que yo estaba experimentando en barrios, villas, pueblos y comunidades de mi tierra, me arrojaba tantas contradicciones, tantos vacíos, tanto desconocimiento ajeno y tanta desvergüenza que mi bronca no hacía más que aumentar. Me sentía desvalido. Me veía carente de herramientas para dar respuestas coherentes a lo que sucedía ante mis ojos. Sentía que me hablaban de cosas que no valían absolutamente para nada. Me sentía rodeado de colegas que vivían en una burbuja, pues al parecer no veían lo que yo veía.

Comencé a entrever entonces eso de la insensibilidad social y de la desconexión con la realidad que padecen determinadas disciplinas, y lo de la "torre de marfil" en la que habitan ciertas cohortes académicas.

Durante mucho tiempo me sentí culpable: estaba convencido de que estaba equivocado, totalmente fuera de lugar, dominado por una pataleta infantil, dejándome lastimar por un dolor innecesario y por una radicalidad estúpida... Intentaba convencerme —pues eso me decían a mi alrededor— de que si quería hacer algo para cambiar lo que me llenaba de frustración tenía que actuar desde la razón, el desarrollo teórico y el planteamiento de argumentos, a pesar de que el motor que me moviera realmente seguían siendo la rabia y la tristeza. Sí, lo seguían siendo. Porque el episodio que me he tomado la enorme libertad de usar como apertura de este texto no fue más que uno de una larga, larguísima lista que nunca dejó de sumar puntos. Y yo seguía desarmado ante un panorama descorazonador.

La realidad me interpelaba, y lo hacía golpeando a mazazos las teclas de todas mis emociones. Y yo seguí reaccionando y actuando desde ahí, desde esas muchas emociones. Fue desde ahí, precisamente, que decidí comprometerme, asumir responsabilidades, convertirme en un activista, arriesgar muchas cosas, explorar caminos al costado del mundo, ponerme al margen... Lo hice de la mano de muchas otras personas igualmente impulsadas por todo lo que les provocaban los acontecimientos que nos tocaba vivir. Lo hice de la mano de muchas bibliotecarias con más saberes y experiencias que yo, que no necesitaban construir teoría ni compilar citas para ponerse a hacer, a actuar, siempre desde una base comunitaria, siempre desde una posición reflexiva y crítica. Siempre desde el sentir.

Con los años me volví a encontrar esa forma de actuar. En el feminismo. En el sentipensar. En muchos movimientos sociales latinoamericanos (y del resto del Sur global). En la empatía radical. En conceptos como la responsabilidad emocional. Encontré autoras y autores construyendo teoría, métodos y nuevas prácticas desde sus emociones: la alegría, la esperanza, el desencanto, la tristeza... Las encontré en bibliotecas, en archivos, en museos, en escuelas. En la sociología. En los estudios culturales.

Un tanto aliviado, y con la calma que dan los años, entendí que ese es un componente que no debemos despreciar. Las emociones que nos embargan son una parte de nosotros que tenemos que incluir en nuestra forma de ver el mundo, de pensarlo, de actuar en él, de influirlo, de aceptarlo. Porque no somos máquinas, ni pedazos de carne inertes, ni engendros neutrales, ni fría razón pura. Porque dejar todo eso de lado equivale a renunciar a lo que nos empuja, lo que nos inspira, lo que nos motiva, lo que nos desvela, lo que nos pone en pie.

Las emociones son mecanismos muy potentes de producción de ideas, de construcción de propuestas, de generación de saberes y memorias, que tenemos que sumar a nuestras profesiones, a nuestras disciplinas. Tienen que seguir siendo el motor de nuestro hacer: esa energía que nos sacude unos engranajes internos que, lo sabemos, ninguna otra cosa logra mover.

Si pretendemos generar y sustentar un pensamiento bibliotecario desde el Sur, una de las posiciones de partida que debemos explorar a la hora de apropiarnos de la realidad que nos rodea es la de las emociones, la de los sentimientos. Creo que debemos darnos la oportunidad, al menos una vez, de pensar, reflexionar, debatir y construir desde la felicidad, desde la miseria, desde la decepción, desde la frustración, desde la esperanza...

...y, por qué no, también desde la bronca. Esa que, por desgracia, todavía siento cuando recorro algunos de los muchos caminos de mi tierra grande.

[Este texto pertenece a una serie de apuntes relacionados con mi proceso de escritura sobre bibliotecas en los márgenes, y a mi trabajo de investigación y producción teórica sobre pensamiento bibliotecario desde el Sur]

 

Acerca de la entrada

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Sentipensar para reconciliar. En Cristianismo y justicia [enlace].

 


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