Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero

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Eran otros tiempos

Eran otros tiempos

De tradiciones y música (IV)


 

Eran otros tiempos, dicen.

Tiempos en los que la madera se cortaba con un hacha en enero, en luna nueva, cuando el árbol estaba descansando y su savia, en su nivel más bajo, y se dejaba reposar pacientemente dos o tres inviernos en algún sitio fresco y aireado, lejos de la luz del sol.

Tiempos en los que esa misma madera se trabajaba con una hachuela, desbastándola, y se pulía lentamente con un cuchillo pequeño y bien afilado, hasta lograr reducir pulgadas de duro leño a la forma deseada.

Tiempos en los que no todos tenían serruchos, formones, lijas o cepillos; en los que muy pocos poseían conocimientos de carpintería; en los que el torno eléctrico ni siquiera se había inventado, y en los que una herramienta de hierro valía el trabajo de dos o tres meses de labranza o pastoreo.

Unos días en los que los cuernos de bueyes y toros se pulían y tallaban con una simple navaja de pastor; en los que los cueros se raspaban y curtían sin productos químicos industriales, sin más sustancias que agua, sal, cenizas o estiércol, y sin más utensilios que un madero de borde romo; en los que los huesos eran limpiados por los pájaros carroñeros, los gusanos y el sol.

Claro. Eran otros tiempos.

En esos tiempos ya idos —aunque no tan pasados como para que no nos lleguen a la actualidad recuerdos y experiencias de primera mano— los músicos campesinos no solían tener un ochavo con el que ir al pueblo a comprar una flauta, un tambor, una guitarra o un violín. Por ende, aguzaban el ingenio y se los fabricaban ellos mismos con los elementos y materiales que encontraban a mano: ramas de saúco, cortezas de cerezo, troncos de ceiba, varas de algarrobo, huesos de alas de buitre o de patas de cordero, cuernos de vaca o de buey, pezuñas de cabra, crines de caballo, cera de abeja, cañas y juncos, pajas de centeno, vejigas de cerdo, cueros y pieles, tendones y tripas, caracolas y calabazas...

De ese pasado más o menos reciente nos han llegado verdaderas maravillas de la llamada "artesanía popular". Trabajos de paciencia y habilidad que fueron realizados sin otra herramienta que una hoja bien afilada y sin otra técnica que la que brinda la dedicación y una inventiva que parece no haber tenido límites.

[Hablo de instrumentos musicales, pero podría estar hablando de muebles, de aperos de labranza y ganadería, de utensilios de cocina, de arquitectura, de indumentaria, de medicina, de cocina...]

Pero, por supuesto, eran otros tiempos.

Y uno se pregunta porqué en estos tiempos, los nuestros, parece ser necesario todo un arsenal de herramientas y productos para al menos intentar hacer algo similar a lo que nuestros antepasados lograban con sus dos manos y un par de implementos.

Una de las posibles respuestas es simple y, al mismo tiempo, terrible: los de antaño eran, en efecto, otros tiempos. Nosotros, los de este "ahora" que transitamos sin saber muy bien ni cómo ni por qué, nacimos al otro extremo de una terrible brecha generacional, en la sociedad del "todo hecho". Esa sociedad que deja podrir la fruta al pie del árbol mientras come la mermelada semi-sintética que se vende en el supermercado, básicamente porque no establece una conexión entre ambas cosas. Una sociedad que limita, cuando no castiga, la autosuficiencia, el pensamiento autónomo, la imaginación y la creatividad porque ha perdido buena parte de las raíces que la anclaban en una tradición determinada. Y porque, hablando claro, todos los mencionados son procesos contrarios al desbocado consumismo capitalista.

Se nos ha educado para que no hagamos por nuestra cuenta nada que podamos comprar ya preparado, y que cuando osemos convertirnos en artesanos de nuestros propios objetos (¿como "directores" de un "emprendimiento", quizás?), utilicemos de manera mecánica los mil y un implementos, a cual más ridículo, que nos ofrece la condenada "sociedad de consumo". Hacer las cosas de otra manera —hornear el propio pan, coserse la propia ropa, tejerse las propias bufandas o construirse las propias flautas, y hacerlo de la forma tradicional, sin máquinas leuda-amasa-horneadoras, máquina corta-cosedoras, ingenios de tejido rápido o tornos de carpintero— es de estúpidos, nos dicen. ¿Porqué elaborarlas como se hacían hace 50 ó 100 años, en esa edad oscura y primitiva de lo rural y lo campesino, cuando vivimos en una sociedad hiper-moderna, que nos da todo hecho o, si queremos vivir la experiencia "artesanal", nos da las herramientas que nos ahorren sudor, callos, tiempo y esfuerzo...

[En realidad, y siendo honestos... ¿para qué aprender a escribir a mano si ya nadie lo hace? ¿Para qué aprender a cocinar, si la comida puede comprarse hecha...?]

¿Qué decir? Prefiero sumergirme en esos tiempos que eran otros, deshacerme las manos puliendo una caña o limpiando una vara de saúco, fallar una y mil veces al cortar madera, rajar pellejos mientras aprendo a limpiarlos... A la postre, el resultado final será mío: todo mío y nada más que mío.

Con todas sus imperfecciones y errores, habrá salido de mis propias manos. No sé si hay una sensación más gratificante que saber que se ha sido capaz de hacer algo por uno mismo con ellas. Y, sobre todo, no sé si hoy en día hay algo más maravilloso que ir, aunque sea por un par de horas, en dirección opuesta a ese "sistema" que ha logrado convertirnos en unos verdaderos inútiles-felices-de-serlo.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 2021-05-04.

Foto: Viejas herramientas de carpintero. En L. Olivier [enlace].

El texto está incluido en "De tradiciones y música – Textos publicados en Corónica", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Academica.

 


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