Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Bibliotecario

De árboles y escuelas

Crónicas galapagueñas (III)


 

[El trabajo bibliotecario no se limita a la aplicación de técnicas, la puesta en marcha de servicios o el debate de ideas. Hay una dimensión humana, personal, mucho más básica (y, por eso mismo, mucho más importante) y que es ignorada sistemáticamente. Precisamente el texto de esta entrada corresponde a una selección de crónicas del autor en las que recoge algunos de los pequeños detalles cotidianos que componen su experiencia de vida personal en isla Santa Cruz (islas Galápagos), donde trabaja como bibliotecario].

 

Flamboyanes

[Lunes, 14 de mayo]

 

Están podando árboles, los vecinos, aquí en Puerto Ayora. No sé si los podan ellos: me da la sensación de que hacen venir a gente que sabe del asunto, para que los pode, les recojan los restos y se los organice. El municipio recoge luego ramas y hojas, que se usan para compost.

En la esquina están serruchando un árbol que en Argentina llamamos "chivato". Es un árbol espectacular, de hojas de un verde vivo y profundo, flores que van del amarillo anaranjado al escarlata y unas vainas enormes, que se usan para hacer música. Al de la esquina lo está podando un señor mayor. Muy mayor. La imagen me lleva veinte años atrás, cuando descubrí lo que era un chivato allá en Sáenz Peña, en Chaco. Allá los que cortaban el pasto, los que cortaban ramas y hacían esas tareas eran los "tobas", los indígenas Qom. Gente mayor, también. Hombres que parecían que no iban a poder con su alma.

El señor serrucha ramas y luego las machetea para ir reduciendo el volumen. Finalmente arma haces que va amontonando en la vereda. Ya estaba trabajando cuando salí para el laburo esta mañana. Lo saludé con un "buenos días" que respondió amablemente. Me lo encuentro, aún dándole al machete, cuando regreso a mediodía. El calor es sofocante.

—Ya no está p'andar macheteando, caballero —le tiro. Para y se seca el sudor.

—Ya, pues, si no macheteo no como, m'hijo.

—Y sí... —No hay nadie que pueda retrucar esas razones. Yo mismo las he conocido demasiado bien toda mi vida. Cambio de tema, pues. —En mi tierra a ese árbol lo llamamos chivato. ¿Acá como se llama?

—Aquí le dicen de distintas formas. Flamboyán, es lo más conocido.

—Ah, flamboyán... Lindo nombre... Bueno, pues que usted lo pase bien...

—Ya... —Inclina la cabeza para saludar y vuelve al macheteo. Y yo me voy a casa con una nueva palabra en mi vocabulario. Una que ya había escuchado hace algunos años —¿alguna canción cubana?— pero que ahora puedo asociar a un árbol deslumbrante y a un señor viejito, retostado por el sol y el trabajo, macheteando para vivir.

 

* * *

 

Artículos escolares

[Miércoles, 16 de mayo]

 

Me acerco a una papelería que hay frente a la escuela del barrio, a dos cuadras de casa. Necesito un par de cosas. Fuera de mi departamento ya cayó la noche y con ella abrieron los negocios que ofrecen cenas al paso: hamburguesas, bolones, salchipapas, restos de hornado del mediodía con su mote y sus papas...

Pero a lo que iba: voy a la papelería. Mientras espero que me despachen entra un señor mayor. Probablemente tenga muchos menos años de los que aparenta; a ciertas personas la vida no les ha ahorrado ni un gramo de penurias. Es claramente indígena: más allá de los acentos que tiñen su castellano, las formas y las estructuras que usa, o de la piel y los rasgos de su cara, o de su forma de vestir, lo delata la forma de pararse dentro de aquel negocio, como pidiendo permiso para que lo dejen estar allí. Pienso en lo que lo motivó a sentirse así, y entiendo que yo mismo soy parte de una sociedad cruel con los suyos, una sociedad malinchista que abraza al que viene de fuera y desprecia al propio.

Aquel hombre se para al lado mío, y pide lo que busca. No sabe cómo se llama, tampoco sabe para qué sirve: se lo han pedido a su hijo en la escuela. Sabe que es de plástico, y sabe que tiene una silueta determinada. Y con un dedo índice deformado por la artritis y en el que no cabe un callo más, traza un semicírculo sobre el vidrio del mostrador. La dependienta duda: ¿una escuadra, quizás? "No, no, triángulo no; así, pues" replica el hombre, y vuelve a trazar el semicírculo con el dedo.

—Creo que el caballero busca un transportador —intervengo. —Para marcar ángulos. Es la mitad de un círculo.

Ahí caen. En Ecuador se llama "conversor", creo entender. Le traen uno: en efecto, aquello es. Mientras le cobran, el hombre me musita un "gracias" apenas esbozado, y yo hago lo propio con mi "no hay de qué, amigo". Pienso que el chiquillo que utilizará aquel transportador-conversor será enviado a la escuela para tratar de zafar del destino que hizo que su padre perdiera las manos como las perdió. Su madre no las tendrá mejor. Ni sus abuelos, ni sus tíos...

Llevo vistas demasiadas de esas manos. Le dedico un gesto amable y una sonrisa antes de salir de allí, terminada mi compra. Es lo menos que puedo hacer.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 16.10.2018.

Foto: Detalle de hojas de flamboyán en Puerto Ayora, isla Santa Cruz, islas Galápagos, por Edgardo Civallero.

 


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