Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
Palabras ancladas 15

Libros y bibliotecas en Timbuktu

Palabras ancladas (XV)


 

[Una versión resumida de este texto fue publicada como "Eslabón 15" de la columna bimestral del autor titulada "Palabras ancladas", incluida en la revista Fuentes. Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia (vol. 12, nº 58, septiembre-octubre de 2018). Las entradas de esa columna serán compartidas en este blog, en la sección correspondiente].

 

Uno de los grandes centros de saber de la antigua África —uno de la talla de otros grandes núcleos contemporáneos— estaba en el borde mismo del desierto del Sahara, en uno de los nudos de rutas comerciales más importantes de aquella época y de aquella región del planeta.

Se llamaba —y aún se llama— Timbuktu.

Timbuktu (o Tombuctú, si se emplea la grafía francesa del nombre) se encuentra en el actual estado de Malí, en el África occidental. Fue fundada hacia el 1100 de nuestra era por los Tuareg o Targui, los famosos "hombres azules de desierto", nómades de origen bereber que deambulaban en sus dromedarios a través de ese enorme país sin dueño que era el desierto del Sahara. Estos pueblos —que ya habían desarrollado un milenario sistema de escritura, el tifinagh— fundaron la villa, aunque fueron mercaderes de la vecina ciudad-estado de Djenné los que la poblaron inicialmente, levantando un gran número de mercados y establecimientos.

Muy pronto Timbuktu se convirtió en un lugar próspero, pues se ubicaba allí donde el río Níger entraba en contacto con el límite sur del desierto; es decir, en el cruce de las caravanas trans-saharianas, "en donde los camellos se encontraban con las canoas". Esas caravanas intercambiaban bienes entre el norte islámico (sobre todo sal) y la zona del Níger, al sur (oro, esclavos, marfil, frutas), y era lugar de descanso tanto para las interminables tropas de camellos porteadores (y sus conductores) como para los remeros y porteadores.

Para el siglo XI ya había un buen número de comerciantes musulmanes de las etnias Fulani, Mandé y Tuareg asentados allí. La ciudad perteneció a varios imperios: al de Ghana, al de Malí desde 1324, al Songhay desde 1468... Dentro del Imperio Songhay, y concretamente bajo el reinado de Askiya Muhammad (1493-1528), Timbuktu se convirtió en "la joya de la corona", siendo aquella su época de máximo esplendor.

En 1591, la ciudad fue capturada por una banda de aventureros marroquíes capitaneados por un renegado español, el llamado "Pachá Joder". Ese fue el inicio del fin del esplendor de la villa. En 1660, los Arma, descendientes de aquellos invasores marroquíes, cortaron lazos con su patria y comenzaron a reinar de forma independiente desde Timbuktu. En 1800 la ciudad fue conquistada por el rey de los Bambara, N'golo Diarra. En 1897 cayó bajo el poder colonial francés —no sin la dura resistencia de los Tuareg— y recién en 1957 ganó su independencia, junto con el resto del antiguo Sudán francés (la actual Malí). A principios de los 90 sufrió el ataque de los Tuareg, que pretendían crear su propio estado. La llamada "Rebelión Tuareg" no tuvo éxito, y terminó con una quema de armas en 1996.

Hoy Timbuktu es una ciudad algo empobrecida, a la que llegan turistas y curiosos de todo el mundo después de un ajetreado viaje por pistas de tierra. Sin embargo, durante siglos constituyó una incógnita para los europeos, especialmente porque, al tratarse de un centro musulmán, la entrada estaba prohibida a todo aquel que no profesara la religión del Profeta. Se contaban leyendas sin fin sobre sus riquezas —muchas de ellas basadas en hechos reales— y fueron numerosos los individuos y organizaciones occidentales que quisieron "descubrir" Timbuktu y sus tesoros de fábula. En 1788, un grupo de ingleses formó la African Association para lograr encontrar la ciudad y ponerla sobre el mapa del continente. Por su parte, la Sociedad de Geografía de París ofreció, en 1824, un premio de 10.000 francos al primer no-musulmán que entrara a la villa y volviera con información. El escocés Gordon Laing llegó en 1826, pero fue asesinado. El francés René Caillié lo hizo dos años más tarde, disfrazado de árabe, y pudo regresar para contarlo y adueñarse tanto del premio como del dudoso honor de haber sido el primer europeo en entrar en la legendaria población. Sólo otros tres occidentales pudieron imitar su hazaña antes de 1890.

Timbuktu es Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1988, debido a sus mezquitas hechas de adobe, una imagen que proporciona a esa ciudad —y a otras de la región— un tremendo halo de misterio; tanto, que una encuesta de 2006 realizada entre jóvenes británicos arrojó que el 34 % no creía que la ciudad existiese, y que un 66 % la consideraba "un lugar mítico". Según se dice, las siluetas de las construcciones de la villa inspiraron al arquitecto catalán Antonio Gaudí y sus formas modernistas. Lamentablemente, la ciudad se está desertificando, y ha sido declarada en peligro desde 1990.

A lo largo del tiempo se levantaron un buen número de instituciones en Timbuktu. La más famosa fue "la Universidad de Timbuktu", compuesta por las mezquitas de Sankore (fundada en el 989), Djinguereber (1327) y Sidi Yahya (1440). Aquel conjunto de templos alojaron madrasas o escuelas islámicas que se convirtieron en el centro de la comunidad académica musulmana de la región, en especial bajo los reinados de Mansa Musa (1307-1332) y la dinastía Askya (1493-1591).

Una madrasa islámica no tenía nada que ver con una universidad medieval o renacentista europea (por comparar instituciones de la misma época). La madrasa estaba compuesta por un grupo de escuelas independientes, cada una gestionada por un maestro. Los estudiantes se asociaban a un determinado profesor, y las clases tenían lugar en los espacios abiertos de la mezquita o en residencias privadas. El foco básico de las clases era el estudio del Corán, pero también se enseñaba lógica, astronomía, historia, música, botánica, religión, comercio, derecho y matemáticas. Los académicos escribían sus propios libros como parte de un modelo socio-económico basado en la investigación. Los beneficios obtenidos por la venta de libros era el segundo negocio más importante de la ciudad, después del comercio de oro y sal. Se conservaban más de 100.000 manuscritos en la villa, la mayoría escritos en árabe o en pulaar (la lengua de los Fulani) y con contenidos didácticos que abarcaban todos los temas abordados y discutidos en la madrasa.

El nivel alcanzado por la producción de libros y conocimientos entre los siglos XVI y XVIII hizo que se acuñara un refrán que sirve como testamento de esa brillante era: "La sal viene del norte; el oro, del sur; pero la palabra de Dios y los tesoros de la sabiduría vienen de Timbuktu".

Se cree que había más de 120 bibliotecas en la ciudad, que formaban parte de la "ruta de la tinta" africana. Esta arrancaba desde el norte del continente y, siguiendo las caravanas, llegaba al este, también dominado por comerciantes árabes. En tiempos recientes, las bibliotecas se redujeron a unas 60-80 instituciones, sobre todo privadas, que aún se dedican a conservar los invaluables manuscritos. Entre ellas destacan las bibliotecas Mamma Haidara, Kati, Al-Wangari y Mohammed Tahar. La colección particular de la familia Kati, por poner un ejemplo concreto, posee alrededor de 3.000 documentos de origen andalusí: los más antiguos están datados entre los siglos XIV y XV. Se calcula que hay más de un millón de documentos originales conservados hoy en Malí, y se supone la existencia de otros 20 millones en otras partes de África, en especial en la vecina región de Sokoto, en Nigeria, pero también más al norte, en Mauritania. Muchos de ellos son conservados como tesoros por familias que nunca revelarán su existencia, y otros por añosos bibliotecarios que los protegen, sabedores de su valor.

Existen varios proyectos internacionales conjuntos que pretenden rescatar todo ese patrimonio. En agosto de 2002 se mantuvo el Ink Road International Symposium en Bamako (capital de Malí). En 2006, un esfuerzo conjunto de los gobiernos de Malí y Sudáfrica permitió comenzar la investigación al respecto. UNESCO ha iniciado el Timbuktu Manuscript Project, y en la ciudad, una fundación se dedica a la preservación de documentos históricos. Ya no quedan artesanos del libro, pero se mantienen numerosos recuerdos y vestigios de ese oficio, que antaño constituyó una industria floreciente.

Las enormes colecciones de manuscritos y documentos que aún quedan en Timbuktu y sus alrededores ponen en jaque las sesgadas sentencias que en su momento etiquetaron al continente africano como una tierra sin cultura ni historia, y desprovista de las prácticas de la lectura y la escritura. Una enorme mina de información espera, en aquella mítica ciudad de adobe, a ser analizada, descrita y divulgada por historiadores e investigadores.

 

Referencias

Jeppie, Shamil; Diagne, Souleymane Bachir (eds.) (2008). The meanings of Timbuktu. Cape Town: HSRC Press.

Krätli, Graziano; Lydon, Ghislaine (eds.) (2011). The Trans-Saharan Book Trade: Manuscript Culture, Arabic Literacy and Intellectual History in Muslim Africa. Leiden, Boston: Brill.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 13.05.2019.

Foto: Antigua biblioteca en Chinguetti, Mauritania. Fotografías de Michal Huniewicz. En The Travel Stories (enlace).

El texto corresponde al artículo "Libros y bibliotecas en Timbuktu", de Edgardo Civallero, almacenado en Acta Académica y en Issuu.

 



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