Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero
La biblioteca como micelio: El encanto de entrelazarse

La biblioteca como micelio (I)

El encanto de entrelazarse


 

Parte 1. Biología

Hasta 1969, los biólogos estaban convencidos de que los hongos eran plantas. Sin embargo, una serie de evidencias los llevó a entender que se parecían más a los animales. Finalmente, terminaron llegando a la conclusión de que, debido a sus muchas particularidades, precisaban tener un reino propio, que llamaron Fungi.

Más allá de su composición química, sus productos metabólicos, sus variadas morfologías o sus mecanismos de supervivencia, todos ellos únicos y especiales, los hongos han desarrollado la que, muy posiblemente, pueda considerarse como una de las estructuras biológicas más fascinantes de nuestro planeta: los micelios.

Un micelio es una vasta red de filamentos microscópicos individuales, llamados hifas, que nacen a partir de las esporas fúngicas y se van entrelazando progresivamente entre sí, formando un sistema / colectivo por lo general subterráneo, realmente extenso y resistente. A este respecto, las citas científicas resultan asombrosas: desde redes que tienen una superficie equivalente a 1500 campos de fútbol, a otras que podrían llevar vivas unos 9000 años [1]. De hecho, no son pocos los biólogos que consideran que los micelios son las estructuras vivas más grandes y longevas del mundo.

Los micelios (que, cuando son visibles, suelen ser llamados "mohos") llevan a cabo varias funciones. Por un lado, descomponen la materia orgánica del suelo, creando nutrientes para sí mismos y, de paso, para los organismos que los rodean. Su actividad de degradación y reciclaje permite que los nutrientes retornen a la cadena trófica, de modo que mantienen "alimentados" a ecosistemas enteros.

Por el otro, los micelios se vinculan con las plantas a través de asociaciones simbióticas llamadas micorrizas. Se cree que el 90% de las plantas terrestres mantienen tales relaciones, en el marco de las cuales las plantas proporcionan alimento a los hongos, y estos ayudan a los vegetales a absorber agua y minerales y a desarrollar productos químicos que las vuelvan más resistentes a plagas y enfermedades.

Al conectarse entre ellos y con las plantas, los micelios forman redes inmensas que vinculan y comunican a los habitantes de un bosque (o de cualquier otro ecosistema) por debajo de la superficie del suelo: mueven agua y nutrientes allí donde se necesitan, soportan la estructura edáfica, reciclan restos orgánicos y eliminan productos tóxicos...

Pero los micelios hacen mucho más que servir de canales de transporte: como conectores, permiten el desarrollo de una verdadera comunidad. Suzanne Simard, de la Universidad de British Columbia (Canadá), descubrió que los árboles viejos transfieren, a través de la red fúngica, nutrientes a los árboles más jóvenes para ayudarlos en su crecimiento [2]. Investigadores chinos encontraron que los árboles atacados por hongos nocivos pueden enviar señales de alarma a otros, y biólogos de la Universidad de Aberdeen (Reino Unido) hallaron que ocurre lo mismo si son atacados por pulgones.

El micólogo Paul Stamets [3] llamó a los micelios "la Internet natural del planeta". En su opinión, funcionan como un sistema neurológico, respondiendo activamente a los cambios en el medioambiente para tratar de mantener cierto equilibrio. En un artículo publicado en la revista Discover [4] señaló:

Los cerebros y los micelios producen nuevas conexiones, o recortan las ya existentes, en respuesta a estímulos ambientales. Ambos usan una amplia variedad de mensajeros químicos para transmitir señales a través de una red celular.

Es preciso señalar que toda simbiosis —y esto incluye a los hongos— está marcada por la posibilidad de una disbiosis: el conflicto inherente a toda asociación de individuos. En The science of life (1930), H. G. Wells apuntó:

Toda simbiosis está, en el grado que le corresponda, acompañada por la hostilidad, y solo con una regulación apropiada, y con frecuencia mediante ajustes elaborados, puede mantenerse el estado de mutuo beneficio. Aún en las relaciones humanas, el compañerismo que busca beneficios mutuos no es tan fácil de mantener, y ello aunque se maneje la situación con inteligencia, y de ese modo seamos capaces de comprender lo que esa relación significa.

En Yo contengo multitudes (2018), el divulgador Ed Yong insiste en ese punto:

El término "simbiosis" ha sido retorcido para dar a su neutro significado original —"vivir juntos"— un sentido positivo y connotaciones un tanto exageradas de cooperación y armonía. Pero la evolución no funciona de esa manera. No favorece necesariamente la cooperación, ni aún por mutuo interés. Y hasta carga de conflictos las relaciones más armoniosas.

A pesar de los riesgos inherentes a toda asociación, puede decirse que los micelios conforman los cimientos de un ecosistema saludable: una malla que hace que la vida sea verdaderamente comunitaria. Y a la vez muestra cuán vinculados están los seres vivos, y las consecuencias nefastas que puede tener la desaparición de una parte de ese tejido.

 

Notas

[1] Una colonia de Armillaria solidipes, con una superficie de 900 has., citada por Ferguson et al. en el Canadian Journal of Forest Research (33 (4), 2003, pp. 612-623).

[2] Dying Tress Can Send Food to Neighbors of Different Species. Scientific American, mayo 2015.

[3] En su libro Mycelium running: how mushrooms can help save the world (Potter, 2005), Stamets se arriesgó a predecir que, aprovechando la potencia digestiva de los micelios, se podrían eliminar desperdicios tóxicos y contaminantes (en un proceso que él llamó micodescontaminación), filtrar patógenos del agua (micofiltración), controlar las poblaciones de insectos (micopesticidas) y mejorar la salud de bosques y huertas.

[4] How Mushrooms Can Save the World, mayo 2013.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 17.03.2020.

Foto: Oyster mushroom Pleurotus ostreatus mycelium in Petri dish on coffee grounds. En Microscope Master [enlace].

 



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