Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero

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La biblioteca como micelio: El encanto de entrelazarse

La biblioteca como micelio (y II)

El encanto de entrelazarse


 

Parte 2. Biomímesis

La imitación, a escala social, de algunas de las ideas que subyacen al funcionamiento de los micelios podría resultar beneficiosa, en especial cuando se valoran las posibilidades que abren esquemas de comportamiento tales como la simbiosis. De hecho, es algo ya contemplado desde el campo de la biomímesis [1]: una disciplina híbrida entre la biología y la ingeniería que se enfoca en replicar patrones biológicos para beneficio del universo socio-económico humano, y que aún está en sus albores (aunque la imitación de la naturaleza por parte del hombre sea tan antigua como la propia especie humana).

Las bibliotecas (y cualquier otra institución de gestión de información, reciba el nombre que reciba) y, en particular, los profesionales que se desempeñan en ellas podrían imitar a los micelios en muchos aspectos, que podrían organizarse, grosso modo, en dos niveles: la capacidad de varios individuos para unirse en un solo colectivo mayor, y la de esa entidad compleja para interactuar con otras entidades similares en el marco de un ecosistema determinado.

La unión de un conjunto de individualidades para dar lugar a algo más grande, fuerte y complejo se encuentra en la base del comportamiento de todas las especies sociales del planeta, incluyendo la humana. El asociacionismo —el encanto de entrelazarse— cuenta con un número de ventajas, que en el ámbito de los colectivos profesionales bibliotecarios tiene numerosas aplicaciones potenciales.

En primer lugar, la formación de colectivos facilita el aprovechamiento de la experiencia diversa de sus muchos participantes (suma de potencialidades), el intercambio de ideas, el aprendizaje de nuevas perspectivas, la discusión de problemas y dudas y, en líneas generales, la construcción y desarrollo de espacios fecundos para la investigación, el trabajo trans-disciplinar y la elaboración de nuevos marcos de pensamiento y acción. En este sentido cabe señalar que los colectivos profesionales bibliotecarios no siempre se han caracterizado por el desarrollo de espacios de investigación, mucho menos colaborativa y participante (p.ej. proyectos de humanidades digitales), que las perspectivas trans-disciplinares suelen haber brillado por su ausencia, y que el desarrollo de estructuras teóricas o la sistematización de metodologías prácticas propias es aún una materia pendiente en muchos aspectos.

En segundo lugar, el trabajo grupal y asociativo genera foros para la retro-alimentación colectiva, el debate de prácticas y posiciones, el reconocimiento de la diversidad y la pluralidad propias como riquezas aprovechables, y la apreciación de las muchas particularidades de los contextos locales y regionales. En el ámbito bibliotecario, estas prácticas no suelen ser las normativas: los foros suelen ser unidireccionales (tipo cátedra), y se suele dar mayor importancia a los inputs externos (p.ej. profesionales extranjeros) que a los que proceden del interior del propio colectivo.

En tercer lugar, la actividad comunitaria permite detectar, identificar y revisar una multitud de intereses teóricos y prácticos, relativos tanto a la actividad común como a las posibilidades más allá de los límites de dicha actividad. Explorar esos intereses permite saber, por un lado, en donde se encuentra ubicado el colectivo y cuáles son sus fronteras y, por el otro, conocer qué hay más allá de sus horizontes profesionales para saber hacia dónde dirigirse y cómo prepararse —en términos de educación académica, formación práctica o capacitación continua— para hacer frente a los retos que trae el futuro. Al respecto, el universo bibliotecario suele ser más reactivo que proactivo, y en términos de actividades de enseñanza, suele avanzar a remolque de los acontecimientos y, sobre todo, de las modas internacionales.

Por último, el asociacionismo permite a sus integrantes la producción de herramientas y mecanismos que permitan la defensa de una posición propia, tanto profesional como social e incluso política, a favor del colectivo y velando por sus intereses. La posición débil y desprotegida de la mayor parte de los colectivos bibliotecarios demuestra que la asociación (o la agremiación, o la sindicalización) no ha sido una estrategia demasiado popular, y que algunas de sus instancias adolecieron de problemas de planificación o de visión conjunta.

Abordando el segundo nivel de análisis, una entidad compleja puede interactuar de distintas formas con otras entidades similares.

Por un lado, puede actuar como un todo a la hora de enfrentarse a otras organizaciones, buscando el beneficio propio. Tal es el caso de los colectivos bibliotecarios que defienden sus posiciones ante organismos e instituciones gubernamentales, o ante otros colectivos que presentan competencia (leal o no) en su área de acción y desarrollo. Un caso, el de la defensa colectiva, que no ha abundado, al menos en el ámbito latinoamericano.

Por el otro, puede establecer simbiosis útiles para ambas entidades colaboradoras. La colaboración estrecha y en condición de iguales con la Academia, el mundo de la cultura y las artes, el universo editorial, las ONGs, las agrupaciones de la sociedad civil u otros colectivos similares se encuentran entre algunas de las muchas posibilidades simbióticas de los grupos bibliotecarios. La experiencia demuestra que si bien han existido vínculos con tales entidades, pocas veces se han dado de igual a igual, quedando los profesionales de la información en posiciones de subordinación o auxiliaridad.

Y por último, puede generar relaciones que redunden en beneficio de todo un ecosistema: en este caso, un ecosistema de información y conocimiento.

Los peligros inherentes a toda simbiosis —la aparición de disbiosis— también deben considerarse en el caso del contexto bibliotecario. No todas las asociaciones son positivas por el mero hecho de trabajar colectivamente. Los abusos deben ser regulados y, de producirse, identificados y eliminados. Y todo elemento conflictivo debe ser resuelto de la manera más apropiada, y siempre considerando el bienestar de la comunidad en su conjunto.

Y la mayor potencialidad de todo organismo vivo debe tenerse en cuenta a la hora de copiar su estructura: su capacidad de cambio, adaptación y evolución. Así como los micelios fúngicos son redes multiformes que reaccionan a las variaciones de su medio y responden de forma pertinente para lograr mantener el equilibrio dentro de su comunidad, así deberían actuar los colectivos bibliotecarios: vinculando ciudadanos, organizaciones e instituciones con una delicada trama de hilos sutiles, hechos de información y saberes. Una trama siempre adaptable, siempre en evolución, capaz de re-pensarse continuamente, de evaluar su trabajo desde una perspectiva de investigación-acción, de compromiso y de desarrollo de base. Porque los tiempos cambian, y con ellos las comunidades y sus necesidades. Y porque los gestores de la información necesitan estar unidos y ser flexibles para adaptarse a los problemas que van a tener que afrontar precisamente por gestionar información.

 

Notas

[1] El Biomimicry Institute la define de la siguiente forma: "La biomímesis ... es una práctica que aprende de e imita a las estrategias usadas por las especies actualmente vivas. El objetivo es crear productos, procesos y políticas —nuevas formas de vivir— que resuelvan nuestros mayores desafíos sosteniblemente y en solidaridad con toda la vida en el planeta".

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 24.03.2020.

Foto: Fungal mycelium from an unidentified species of fungus, growing across a decomposing leaf. En Dissolve [enlace].

El texto está incluido en "La biblioteca como micelio", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Academica.

 



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