Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero

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Arañas. Crónicas de un bibliotecario en tierras muiscas (I)

Arañas

Crónicas de un bibliotecario en tierras muiscas


 

Tomo el tinto del desayuno —así llaman en estas tierras al café negro— asomado a la ventana de la cocina. Por la falda de la montaña bajan jirones de niebla que lamen el pasto, de un verde intenso, y luego se deshacen. Esos jirones replican los que salen de mi taza, que con el frío mañanero no deja de exhalar volutas densas, blancuzcas y aromáticas. Amanece en estas alturas, y solo se oyen los últimos croares de las ranas de los vecinos juncales, el ladrido de alguno de los perros de la casa, o el maullido del gato que reclama sus mimos para empezar el día como se debe.

En primer plano, una araña teje su tela en la esquina superior de la ventana. Me quedo mirando sus idas y venidas casi hipnotizado. Esta casa está llena de arañas. He contado como una docena de especies diferentes: las verdes, y las amarillas, y las pequeñas rojizas, y esas otras oscuras y enormes que cazan en los rincones... Jamás les he tenido miedo: de hecho, me producen una curiosidad que oscila entre lo científico y lo artístico, de modo que las dejo andar a su aire y, cada vez que puedo, me las quedo mirando ratos largos.

Como a esta, que aún dibuja con hilo su tela en la ventana. Hace poco leí que las redes deberían ser consideradas como parte de las mentes de las arañas; unas mentes, por cierto, de una inteligencia prodigiosa [1]. Mi compañera continúa impertérrita su trabajo, ajena a mis pensamientos. Tras ella, más allá del vidrio, sigue desfilando el rebaño de neblinas. Y más allá, a lo lejos, alcanzo a divisar ese parche de bosque alto-andino que tan bien conozco: ese cuyos troncos están alfombrados de helechos, bromelias, orquídeas, musgos y líquenes, y entre cuyas ramas he visto volar tucanes y un montón de colibríes.

Estoy en las estribaciones montañosas cercanas a Bogotá, en plena cordillera andina colombiana. Estas son las antiguas tierras del pueblo Muisca, que algunos llamaron "chibcha".

Y aquí, las arañas —como la que se afana en mi ventana— fueron respetadas.

No fue el único lugar en el que lo fueron, por cierto. La argentina Ana María Shua —por citar a una autora latinoamericana— ha recopilado, en algún libro suyo, numerosos cuentos sobre Anansi, el Hermano Araña, una semi-deidad de los pueblos Akan africanos y sus descendientes caribeños, que se ocupaba de proteger los cuentos y relatos y que en ocasiones cumplía el papel de pícaro o trickster.

Aquí, en el altiplano cundiboyacense, las arañas también fueron importantes. Pero por una razón distinta. Y bien curiosa.

Intento recordar en dónde fue que leí eso. Mi instinto bibliotecario comienza a revisar citas que ya no recordaba tener almacenadas en algún rincón de mi cabeza. Finalmente la encuentro: fue en la Gramática, vocabulario, catecismo i confesionario de la lengua chibcha de Ezequiel Uricoechea. Una de las pocas gramáticas del muysk kubun —la "lengua de la gente"— que sobrevivieron a la casi-desaparición del pueblo Muisca.

Así menciona Uricoechea a las arañas:

"[Los Muisca] creian tal vez en otro mundo material despues de la muerte mejor que aquel en que habitaban en donde encontarian [sic] sus labranzas i cercados, i seguirian en las mismas faenas de esta vida, pues para ellos la idea de ócio no estaba ligada a la de bienaventuranza. Creian que después de muertos irian a ese mundo por unas barrancas i caminos de tierra amarilla y negra, pasando ántes por un gran rio en unas balsas fabricadas en tela de araña, que en su lengua llaman (sospcua zine, balsa de araña) por cuyo motivo no era permitido matar estos insectos".

Ese es un Más Allá en el que me gustaría estar, me digo a mí mismo: pondría allí una biblioteca, y en mis ratos libres construiría flautas y violines de guadua, jugaría con todos los gatos que me topara, contaría cuentos a quien quisiera escucharme, o armaría marionetas con las maderas, hojas y bejucos que encontraría en los bosques llenos de helechos y musgos y colibríes que seguramente habría por allí también.

Sonrío pensando en todas las vueltas que esas ocho patas tejedoras de mi ventana hicieron dar a mi pensamiento en el tiempo en el que me tomé el café del desayuno. Y ella finalmente termina su tela. Esa tela con la que quizás un día haga mi balsa para cruzar al otro lado de un río que imagino caudaloso y lleno de espuma, como son todos los ríos en estos parajes montañeses y paramunos de las tierras muiscas. Estas tierras verdes y neblinosas que hoy me acogen.

 

Notas

[1] Robson, David (2020). Spider smarts. New Scientist International, February 8, pp. 42-45.

[2] Cita tomada de página xxvii de la Gramática, vocabulario, catecismo i confesionario de la lengua chibcha según antiguos manuscritos anónimos e inéditos, aumentados i correjidos, de Ezequiel Uricoechea (París: Maisonnneuve & Cia., 1871). En Archive.org.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 14.04.2020.

Foto: The Orb Spider, por Simon Downham. En Flickr [enlace].

 


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