Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero

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El pájaro-insecto de los mil nombres. Crónicas de un bibliotecario en tierras muiscas (II)

El pájaro-insecto de los mil nombres

Crónicas de un bibliotecario en tierras muiscas (II)


 

Pasan como una exhalación, casi sin dejarse ver. Hay que tratar de seguirlos con la mirada, tener la suerte de que se detengan flotando bajo los pétalos de alguna flor, y observarlos con detenimiento para entender que se trata de pájaros. Sus colores recuerdan la paleta alborotada de un pintor expresionista, atrapada toda ella dentro de un copito de plumas que entraría holgadamente en el hueco de mi puño si se dejara atrapar, y que amenaza con deshacerse ante el más mínimo soplo.

Los veo todos los días. Y no me canso de seguir sus despliegues casi acrobáticos, sus ideas y venidas, sus vueltas y revueltas. Por aquí los hay de varias especies: con picos y colas largos o cortos, pechos de rojo sangre, lomos de un verde turquesa casi fosforescente... Se ocultan entre los arbustos, y en ocasiones parecen competir por ver quien se arriesga a acercarse más a las ventanas de la casa, o a la puerta.

En su primera Memoria del fuego Galeano escribió sobre uno de ellos:

Al alba saluda al sol. Cae la noche y trabaja todavía. Anda zumbando de rama en rama, de flor en flor, veloz y necesario como la luz. A veces duda y queda inmóvil en el aire, suspendido; a veces vuela hacia atrás, como nadie puede. A veces anda borrachito, de tanto beber las mieles de las corolas. Al volar, lanza relámpagos de colores.

Él trae los mensajes de los dioses, se hace rayo para ejecutar sus venganzas y sopla las profecías al oído de los augures. Cuando muere un niño guaraní, le rescata el alma, que yace en el cáliz de una flor, y la lleva, en su largo pico de aguja, hacia la Tierra sin Mal. Conoce ese camino desde el principio de los tiempos. Antes de que naciera el mundo, él ya existía: refrescaba la boca del Padre Primero con gotas de rocío y le calmaba el hambre con el néctar de las flores [1].

Quynza, o "quincha", los llamaban los Muisca, ese viejo pueblo en cuyas montañas vivo hoy. Yo les digo "colibríes". Aunque a lo largo de mi vida los he oído nombrar de tantas formas que ya no logro decidirme por ninguna.

Allá donde nací, a orillas del Río de la Plata, les dicen "picaflores". Pero en esa zona no suelen ser más que ilustraciones en un libro de ciencias naturales: el niño que fui solo oyó hablar de los tales picaflores, jamás vio uno. De ellos nos contaban leyendas nativas en la escuela: cuentos y narraciones como los que rescató Alfredo Mires [2], entre otros tantos.

Muchos años más tarde vi mi primer picaflor, anidado en un gigantesco helecho-mono que daba vida a un patio de la provincia de Chaco, allá en la esquina noreste de Argentina. Para entonces yo ya los llamaba "colibríes" (una palabra, colibrí, que al parecer, no viene ni del caribe ni del taíno, como muchos creen, sino del francés), aunque en aquellas tierras calientes los suelen conocer como "pájaro mosca" o como mainumby, su nombre en avá-ñe'é, la lengua del pueblo Ava o "guaraní". Mi asombro al verlo fue mayúsculo, y todavía recuerdo la sonrisa idiota que me alumbró la cara todo ese día. Y los días siguientes.

Descubrí que había colibríes en las sierras centrales de la provincia de Córdoba, mi hogar por años en el corazón de Argentina. Allí usaban un vocablo del runasimi o "quechua" para nombrarlos: qinti. O "quenti". Al sur del país, por los horizontes patagónicos, los Mapuche los llamaban pinda o pinza. Como siwar los mentaban en los Andes centrales, en donde el músico que soy supo de la costumbre indígena de meter colibríes disecados dentro de los enormes bombos andinos: al parecer, la magia de esos pájaros daba un poder especial al retumbar de los instrumentos.

Esa magia de los colibríes se refleja —pálidamente— en las muchas páginas que han motivado. Un ejemplo son las del fraile benedictino Martín Sarmiento, que no vio un colibrí en su bendita vida pero que, recopilando noticias ajenas en el Madrid de finales del siglo XVIII, escribió así de los fabulosos pajarillos:

Para realzar el primor de la pintura o bordado con plumas, apunta Aldrovando las plumitas del pajarito tominejo que hay en la América. De este pajarito es todo prodigioso cuanto se dice. Abulta poco más que una abeja, y el padre Acosta, viéndolos volar, creyó que eran abejas o mariposas. Gonzalo de Oviedo los llamó mosquitos. Pesose uno de esos pajarillos y, porque solo pesó poco más que un tomín (la tercera parte de dragma), le llamaron tominejo. Garcilaso (libro VIII, capítulo 19) trata de esos tominejos, a quienes en el Perú llaman los indios quenti. Clusio (en la página 96 de sus Exóticas) pinta el tominejo, dice que los brasileños le llaman ourissia, que significa "rayo de sol", porque puesto al sol muestra un complejo de todos los colores finos. Hernández (página 320) pone seis pinturas de varios tominejos y le nombra en mexicano hoitzitzil.

Los modernos tratan del tominejo con el nombre colibrí. Monsieur Brison pone 6 especies de colibrí. Dice que el año de 753 estando con monsieur de Reaumur entró un francés que venía de la América y le regaló un colibrí hembra en su mismo nido. Algunos han escrito que el colibrí canta, pero todos concuerdan en que es el más pequeño pajarito de todo el universo. Que solo se alimenta en las flores del jugo, miel y rocío. Que donde todo el año hay flores, allí se conserva todo el año. En donde no, se amortigua seis meses y revive por abril. En aquel tiempo clava su piquito, que es como una aguja, en un árbol, y allí está colgado, como muerto, a imitación de las moscas. Sus plumitas no tienen comparación en lo delicado y variedad de colores finísimos, y sirven para una especie de pintura con plumitas en miniatura. No sé si han traído a España esos tominejos, siquiera porque tienen el nombre de tomín, que es una pesita del oro, según el marco de los castellanos [3].

Los tominejos —que así los conocen todavía en las tierras altas colombianas, aunque nadie sepa qué es un tomín— siguen deambulando entre las muchas plantas que rodean la casa en la que vivo. Esquivan hábilmente el acecho de los gatos, embelesan a perros y no dejan de maravillarme, lanzando destellos de colores incluso en media de la niebla de estas montañas bogotanas.

Allá van. Quizás, como decían los Mexica de Tenochtitlan en esa tradición recogida por fray Bernardino [4], se apresuran a revisar las flores para cargar las almas de los muertos —refugiadas entre los pétalos— y llevarlas al cielo del Oeste, la última morada de los justos. Su vuelo es, pues, toda una promesa.

 

Notas

[1] Eduardo Galeano (1991). Memoria del fuego. Vol. I. Los nacimientos. Madrid: Siglo XXI Editores. [En línea].

[2] Alfredo Mires (2000). Así en las flores como en el fuego. Quito: Abya Yala. [En línea].

[3] Martín Sarmiento (1772/2008). De historia natural y de todo género de erudición, vol. II. Santiago de Compostela: CSIC.

[4] Sahagún, Bernardino de (1585/1829). Historia General de las cosas de la Nueva España. México: Imprenta de Alejandro Valdés. [En línea].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 28.04.2020.

Fotos: Hummingbird, de Christian Spencer. En Cultura Inquieta [enlace].

 


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