Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero

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Los trovadores de la pampa

Los trovadores de la pampa

El arte de contar


 

En todas las épocas y en todos las regiones en las que el principal (y a veces el único) medio de transmisión de saberes y noticias fue el boca a boca, los trovadores, cantores, juglares y recitadores se convirtieron en apreciadas y populares fuentes de conocimiento, aprendizaje, descubrimiento y entretenimiento.

Desde los griot, jali y kevel del África occidental y los azmari etíopes hasta los viejos bardos de las islas Británicas, los ciegos tocadores de zanfoña de la meseta castellana y los acordeonistas ambulantes del norte de Colombia, pasando por los troubadors de la Occitania medieval y los cantores épicos de la Grecia arcaica, prácticamente todas las sociedades humanas han tenido cantores-poetas que preservaban parte de la memoria de su gente en tiempos sin archivos, llevaban y difundían noticias cuando no existían otros medios de comunicación, y recogían historias aquí y allá para rescatarlas del olvido. Su lenguaje podía ser más o menos refinado, sus técnicas podían variar en grados de estilización, su manejo de instrumentos musicales oscilaba mucho, y sus vínculos con el "pueblo llano" o la "clase alta" solían influir bastante en los contenidos que elegían transmitir. Pero, en última instancia, todos ellos eran vehículos para saberes que no encontraban otras formas de preservarse, canalizarse, expresarse y divulgarse.

Y en muchos casos, fueron sus manos y sus bocas las que dieron alas a memorias que, de otra forma, hubieran pasado desapercibidas o permanecido invisibles.

Argentina tuvo sus propios trovadores. De hecho, aún los tiene. Las destrezas de esos hábiles cantores nacieron y se desarrollaron sobre todo en la cuenca del Río de la Plata y en esa zona llamada "pampa".

Antaño un extenso territorio de llanuras, salinas y desiertos interrumpidos aquí y allá por lagunas y la monotonía blanquinegra de las vacas, la gente pampeana —gente de campo, habituada al aislamiento y al trabajo duro— solía reunirse en las pulperías, almacenes o tabernas locales para el trago y las charlas de rigor. Y allí, al calor de las seis cuerdas de una guitarra, desgranaban historias los cantores y, sobre todo, los payadores: improvisadores de versos que, en ritmo de milonga o de cifra, narraban eventos históricos, cantaban la belleza de la tierra o, simplemente, se entretenían en dibujar estampas y aventuras cotidianas.

[Y a veces se trenzaban en contrapuntos improvisados con otros payadores, que la memoria popular guardó en sus recuerdos y que pasaron, en algunos casos, a la literatura "culta"].

El paisaje de la pampa cambió. La población también. Pero la costumbre de sentarse alrededor de una "viola" —nombre que todavía recibe la guitarra, derivado de "vihuela"— y de cantar y contar perdura.

En esas reuniones paisanas eran y son siempre bienvenidas y festejadas unas canciones que, en tono muy jocoso, se (auto-)burlan de la actitud asombrada del hombre de campo ante las novedades de la ciudad: el automóvil, el cine, el teléfono, la internet...

La siguiente payada, titulada "La luz", fue interpretada en ritmo de milonga por Ángel Crecencio Nieto, un musiquero y cantor de la zona de Limay Mahuida, al oeste de la provincia de La Pampa, en el corazón de Argentina. Fue recogida entre 1973 y 1975 por la musicóloga Ercilia Moreno Ché, que la incluyó en el trabajo discográfico-etnográfico de 1975 titulado Documental folklórico de la provincia de La Pampa. Junto a otras joyas de la inventiva popular, ese documental preserva estos versos, que buscan expresar el ilimitado asombro de un paisano pampeano ante esa invención diabólica llamada "luz eléctrica".

¡La pucha con los inventos!
El criollo más preparado
debe quedar azonzado
al ver cosas que al momento
parece que fueran cuento,
pero bien lo he comprobado.
Jamás me hube imaginado
que al dar vuelta un botoncito
diera luz un vidriecito
que había en el techo colgado.

En un viaje realizado
que en cuyo hotel yo paré
casi una caja gasté
de fósforos pa' encender
un vidrio que al parecer
forma de bolsa tenía,
y yo realmente creía
que era fácil de prender.

Sobre una silla parado
para alcanzar donde estaba,
los fósforos arrimaba
pero sin ni un resultado.
Hasta que por fin, cansado,
fui a llamar al hotelero
que se me vino ligero
y al oído me gritó:
"Este botón, tuerzaló,
y tendrá luz, caballero".

Movió la jeta un poquito,
tiró al suelo una patada
y largó una manotada
derecho pa'l botoncito.
Este hizo como un ruidito
en cuanto él lo hubo tocado.
Yo me quedé atolondrado
sin saber lo que tenía
al ver que como de día
la pieza había quedado.

Yo dije entre mí enseguida
"Este es invento 'e los gringos.
El hombre zonzo y tilingo
no la prenderá en su vida".
La luz estaba prendida
y dispuse de apagarla.
Inútil me fui a soplarla
por más que estirar el cuello,
quedándome sin resuello
y sin poder dominarla.

Cosa extraña parecía
prenderla con el botón
y lleno de turbación
ese instante me sentía.
Apagarla no sabía
hasta que le hube acertado.
Recién cuenta me hube dado
y el botoncito agarré
y al darlo vuelta noté
que oscuro había quedado.

[Las bibliotecas, los archivos y los museos siguen, en muchos rincones de nuestro planeta, ignorando estas magníficas expresiones de la memoria humana: conocimiento cuidadosamente producido, curado, atesorado y transmitido a lo largo de generaciones, que recoge en sí las preocupaciones, las andanzas, los gozos y los asombros de la gente...]

 

Acerca de la entrada

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Foto: Antigua foto de gaucho con guitarra. En Mercado Libre [enlace].

 


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