Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero

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Las huellas de la memoria

Las huellas de la memoria

La historia de un bastón | Relato


 

La memoria tiene sus propias reglas de funcionamiento. Es más clara cuanto más cercana se encuentra en el tiempo. Yendo hacia atrás se difumina, se mezcla, se vuelve confusa. Pero, a pesar de todo, sigue estando allí, enraizada en un sitio, en un momento. En unas personas.

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—Este bastón embera podría ser clasificado como songo. Este bastón noanamá podría ser clasificado como ovimbundo. Y este bastón cuna podría ser clasificado como congo.

Octubre del 2001. En la pantalla, diapositivas de artefactos culturales del Pacífico colombiano: bastones rituales adornados con figuras humanas puestas de perfil, espalda contra espalda, que se asemejan muchísimo a las del otro lado del Atlántico, en África. Sobre el estrado, la antropóloga Maria do Rosario Martinez, conservadora del Museo de Antropología de la Universidad de Coimbra, en Portugal, señalando las similitudes entre el arte de los pueblos indígenas de la costa occidental de Colombia y los de la zona ecuatorial del continente africano, las evidentes "huellas de africanía", y las potenciales conexiones e influencias entre ambos grupos humanos, ya sugeridas en 1935 por el sueco Henry Wassen.

Y ante ella, una audiencia enmudecida por el asombro. Y preguntándose quién demonios era el tal Wassen.

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Más atrás en la memoria...

Aquel fulano alto, rubio y con gafas siempre sucias llevaba tiempo curioseando por la zona. Decía que su nombre era Enrique, Enrique Guasén, y que había nacido en un lugar llamado Gotemburgo. Nadie sabía dónde quedaba eso, aunque por el color desteñido de su piel, sus ojos y su pelo, seguro que muy lejos y muy al norte, en esas tierras en donde el sol apenas si se asomaba tras las nubes.

Corren los primeros años de la recién estrenada cuarta década del siglo XX. En las aldeas wounaan del alto río Docordó —un afluente del San Juan, al sur de la entonces Intendencia del Chocó, en la actual Colombia—, bajo los techos cónicos de los dichardi, las mujeres que tejen hojas de palma de guérregue comentan socarronamente las idas y venidas del extranjero. Cuentan que ha pasado largas horas hablando con los jaibaná del territorio, pidiéndoles, insistiéndoles y rogándoles que le mostraran sus bastones, esos que en lengua woun meu se dicen chi k'arapan. No entienden qué interés puede tener un individuo venido del otro lado del mundo en semejantes artefactos, que por otro lado son sagrados y no deberían ser tocados sino por los propios jaibaná. Mucho menos comprenden por qué pasa tanto rato mirando y remirando las figuritas antropomórficas que adornan esos bastones, y murmurando para sí en un idioma que nadie entiende, y haciendo garabatos en ese cuadernito que lleva a todos lados con él.

Aunque, mirándolo bien, ¿quién sería capaz de descifrar lo que pasa por la cabeza de los blancos...?

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Aún más atrás en la memoria. Se acaba el siglo XIX, aunque en los caseríos wounaan —o noanamá, que también así los llaman— esas medidas de tiempo siempre resultaron irrelevantes.

El jaibaná interpreta el Canto de la Noche. En el medio del salón que ocupa la mayor parte del dichardi o casa comunal, rodeado de adornos de palma iraca, guirnaldas de bejucos y ramilletes de flores, está el altar. El jaibaná lo diseñó tras soñarlo varias veces, con todo detalle, las noches anteriores. El viejo chamán lleva un collar de cháquiras, una corona de fibras y plumas coloridas, y sus habituales ropas desastradas. Canta, canta en su lengua, a-a-a-a-añ, llamando a los jai, los espíritus antiguos... Hay que buscar su ayuda para curar a aquel muchacho que yace tendido en el suelo, y que lleva varios días con fiebres y vómitos sanguinolentos.

Tiene su bastón sagrado en la mano. Lo mueve al ritmo del canto. Unas veces de forma horizontal, de lado a lado. Otras en vertical, suavemente, haciendo como si flotara. Y otras lo hace vibrar rápidamente, en medio de un estremecimiento.

Los jaibanás de otros rumbos utilizan una hoja de biao. Pero este, y sus vecinos, utilizan un bastón. Un bastón labrado, con dos figuras humanas de perfil, espaldadas. Pocos recuerdan de donde llegó esa tradición de tallar los bastones.

Ni siquiera aquel anciano, que sigue cantando rítmicamente.

A-a-a-a-a-añ...

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Iscuandé. O La Paz del Espíritu Santo del Río Iscuandé, en la provincia de Santa Bárbara, al sur de la Gobernación de Popayán. Corre el año de nuestro Señor de 1749. Mucho más atrás en la memoria.

Aquel territorio es todo selva, puro verdor. Solo se puede avanzar a través de él en embarcaciones, y muy lentamente. Avanzando por las aguas del río Iscuandé, para llegar desde La Paz hasta el escuálido caserío de San José, hacen falta al menos tres días. A pesar de ser muy duro, el viaje es necesario: aguas arriba hay buena minería de oro. Razón de más para hacer la endemoniada travesía corriente arriba, muy a pesar de los mosquitos, la humedad, el calor asfixiante y el riesgo de las mil enfermedades que acechan como sombras invisibles en cada recodo.

Las barcazas y canoas, empujadas por las varas de los bogas, llevan negros traídos de Cartagena para darle a la batea en las minas. Los indios encomendados en esa zona, esos embera del grupo siapidara que por allí llaman simplemente "chocóes", ya son pocos. Además son débiles, no sirven para el trabajo minero. Muchos, de hecho, han ido escapando de las manos de los pocos blancos y criollos asentados en la región, y se han ido yendo montaña arriba, a ocultarse a las cabeceras de los ríos, entre el bosque nublado. Y, para terminar de complicar el panorama, la Corona hispana ha puesto muchas restricciones a su uso como mano de obra barata, por no decir "esclava".

Así que los negros llegados de los puertos del norte —o, a veces, desde la propia Santa María del Puerto de las Barbacoas— eran más que necesarios.

Y eran muchos: la tercera parte de la población. Buena parte de ellos eran "bozales", es decir, nacidos en África. Hombres ewe, akan, mande, gur o kru por los que se pagaba 300 pesos de plata en aquel perdido rincón del Pacífico neogranadino. El resto eran criollos, negros nacidos en Cartagena, ya en esclavitud, hijos de esclavas "congas" y "angolas".

En los pocos chocóes "encomendados" que quedan, nadie para mientes ya. Ni los gobiernos, ni los religiosos, ni los inquisidores. Nadie. Trabajan en las escasas fincas y haciendas que se levantan en la región, pero pocos dudan que se fugarán en cuanto puedan. Y a decir verdad, nadie se molestará en buscarlos, siempre que el tráfico de africanos sigue fluyendo como lo hacía.

Son esos indios —en realidad, las indias— los encargados de llevar algo de comida a los esclavos negros que dejan sus días y sus vidas en los lavaderos de oro.

Son esos hombres esclavizados, esos de cultura extraña, creencias ignotas y habla "trabada", los que, para escándalo de sus amos o no, se "amanceban" con esas mujeres que tienen el color y el olor de la tierra en la que nacieron.

Son esas parejas las que, en cuanto ven una oportunidad, se escapan monte adentro.

Y son esos hombres fuertes y oscuros como una noche sin luna los que cuentan sus tradiciones heredadas. Sus danzas, sus cantos, sus cuentos, sus adivinanzas, sus palabras viejas, sus medicinas, sus rituales curativos...

...sus bastones tallados...

Nadie se percataría de esa transmisión de saberes. Porque, a diferencia de lo que ocurría con esos negros del demonio, llenos de mañas y triquiñuelas, adoradores de quien sabe qué ídolos y qué magias y qué orichás y que changóes, a los chocóes los inquisidores no los perseguían. Nadie paraba mientes en ellos.

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Un enorme salto memorístico. ¿1650, quizás?

En el terrero que se abre entre las chozas de los esclavos, en una hacienda cercana a la muy colonial y muy galana Cartagena de Indias —¿o es Santa Cruz de Mompox?—, suena un canto con sabores y resonancias a ancestros y a raíces. Resuenan las palabras llegadas del otro lado del mar, en una ceremonia fúnebre que llaman lumbalú, palabra que antaño significaba "melancolía".

Y "memoria".

Y "recuerdo".

Nueve soles y nueve noches se honra el alma del difunto, que regresa dos veces al día a su casa y es recibido con esos cantos...

Eee Kalunga lunga ma quisé
Gombe manciale
Yansú me la cóo

Las palabras mezclan las lenguas bantúes del corazón de África con el castellano aprendido a la fuerza en las nuevas tierras de este lado del océano... Recuerdan a Kalunga, el Ser Supremo, también llamado Nsambi por algunos.

Kalunga lunga manquisé
Elée elóo negro congo
Elée negro congo, chimbumbe

Allí están los sonidos, están las palabras, están las memorias...

Y están los fetiches del Congo y Angola. Esas tallas de personas espalda con espalda. Esas que se emplean también en las ceremonias ocultas, en las curas a escondidas, en los rituales prohibidos...

***

Más atrás aún, más adentro de la niebla del tiempo y de recuerdos casi perdidos...

Finales del siglo XVI, probablemente. El enorme galeón va dando cabezadas en medio de la tormenta que lo acaba de encontrar en medio del Atlántico y se ha dedicado a zarandearlo entre olas descomunales durante los últimos dos días. Los marineros, una mezcla heterogénea de portugueses, españoles y moros, llenan el aire con sus más castizas maldiciones, y apenas si se preocupan por la carga que abarrota las bodegas: 400 "piezas de Indias", embarcadas en Luanda hacía tres semanas, y de las cuales ya habían tenido que tirar por la borda una treintena.

Abajo, los prisioneros van todos desnudos, encadenados de seis en seis mediante argollas en los cuellos, y de dos en dos por los pies. Apenas si pueden moverse: el espacio de cada "fardo prieto" equivale al de un cadáver en un ataúd. Van enfermos de todos los males imaginables, sucios hasta la náusea, y no pocos van enloqueciendo a ojos vistas.

En esa oscuridad pestilente y nauseabunda, un hombre del pueblo bakongo —que los portugueses llaman "congo", sin mayores distinciones de lengua u origen— va musitando algo incomprensible.

Y sus dedos van trazando una figura en la madera curtida de vómitos, excrementos y orines en la que se apoya, vive, duerme y delira. Una figura de dos caras opuestas.

"Nkhi kavvaangaangá?" "¿Qué está haciendo", pregunta en kikongo su vecino de cadena al siguiente en la hilera, mientras, en la penumbra incierta, mira como aquellos dedos enfebrecidos trazan la extraña figura una, y otra, y otra vez. El otro se encoge de hombros.

"Kizeeyeko kana", musita. "No lo sé".

Las memorias pueden ser esquivas, a veces.

***

Atrás, muy atrás en el tiempo.

Una efigie de un ser todopoderoso, de uno que rige las vidas de la comunidad. ¿Kalunga? Son dos perfiles antropomórficos unidos por detrás, con un hueco en el cráneo para verter pócimas sanadoras.

La tiene el sacerdote de la aldea. Oculta, pues es sagrada: puede perturbar la prosperidad o atraer el bienestar. Es un nkisi, uno de esos recipientes que pueden contener el arte y el poder de la curación. Allí se encarnan los espíritus de los ancestros, intermediarios entre el creador y los hombres.

Lejos suenan gritos, y carreras, y disparos de arcabuz. Probablemente sea otro ataque de los malditos esclavistas...

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La memoria tiene sus propias reglas de funcionamiento. Es más clara cuanto más cercana, y se vuelve confusa cuando retrocede. Pero, a pesar de todo, sigue estando allí, enraizada.

Y siempre, siempre, deja huellas.

 

Notas

Para escribir este texto —el trabajo final para uno de los módulos de la Maestría en Archivística Histórica y Memoria, que actualmente estudio en la Pontifica Universidad Javeriana de Bogotá, Colombia— me inspiré en el artículo Un rastro del África central en el Pacífico colombiano: tallas sagradas entre los indígenas Chocó y su legado africano (Congo y Angola), de Martha L. Machado Caicedo, incluido en el volumen Afro-reparaciones: memorias de la esclavitud y justicia reparativa para negros, afrocolombianos y raizales (Bogotá: UNC, CES, 2007). Adicionalmente consulté, entre otras fuentes, el Vocabulario ilustrado wounmeu-español-epena pedee de Binder, Harms e Ismare (Bogotá: ILV, 1995); el trabajo El Canto del Jai de Vasco Uribe (Maguaré, 2, 1983), y el documental de nombre homónimo de Gabriel Vieira; el artículo Dialectología, historia social y sociología lingüística en Iscuandé (departamento de Nariño, Colombia) de Germán de Granda (Thesaurus: Boletín del Instituto Caro y Cuervo, 28 (3), 1973); el artículo Significado del lumbalú, ritual funerario del Palenque de San Basilio, de Aquiles Escalante (Huellas: Revista de la Universidad del Norte, 26, 1989); el curso de lengua kikongo Maloongi makikoongo de H. Carter y J. Makoondekwa (University of Wisconsin-Madison, 1987); el artículo El comercio y mercado de negros esclavos en Cartagena de Indias (1533-1850), de Ildefonso Gutiérrez Azopardo (Quinto Centenario, 12, 1987); y otras fuentes menores, que me ayudaron a definir detalles puntuales.

 

Acerca de la entrada

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Foto: Imagen de Angèle Etoundi Essamba. En Afribuku [enlace].

El texto, de Edgardo Civallero, fue publicado como pre-print en Acta Academica.

 


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