Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero

el futuro nos los hacemos o nos lo hacenun blog profesional editado desde 2015

Se otorgarán certificados...

"Se otorgarán certificados..."

Bitácora de un bibliotecario (2004)


 

"Bitácora de un bibliotecario" comenzó su andadura el 2 de diciembre de 2004 como uno de los primeros weblogs latinoamericanos / en español sobre bibliotecas y bibliotecarios. En sus entradas, su autor —por entonces recién licenciado en Bibliotecología y Documentación, con unos pocos años de experiencia de trabajo a sus espaldas y asomándose a un mundo académico aún desconocido— fue reflejando sus preocupaciones y sus descubrimientos, sus ilusiones y sus decepciones, sus luchas y sus encuentros. Entre 2005 y 2008 mantuvo en paralelo una versión en inglés, "The log of a librarian". A partir de 2009 la frecuencia de las publicaciones se distanció, y en 2014 el autor decidió cerrar la vieja "Bitácora..." y, con ella, una etapa de su vida personal y profesional. El presente texto es una de las entradas más relevantes del año 2004. Muchas de ellas, a pesar del tiempo transcurrido, no han perdido su vigencia.

 

Los certificados –esos multiformes papeles que dan fe de nuestra asistencia a cursos, talleres, seminarios, conferencias y exposiciones varias– han excedido la mera moda y se han convertido en un vicio, de esos que pueden llegar a enfermar. El mundillo bibliotecario no escapa a la magia del documento escrito ni a su poder para afirmar, para abrir puertas, para garantizar actos y beneficios.

Los cursos de formación continua y de especialización –bajo sus diversos formatos y etiquetados con epítetos diversos, a cuál más curioso– han aprovechado los vacíos que la educación oficial deja en nuestra formación. Para bien o para mal, proponen enriquecimiento y alternativas, y, en los últimos tiempos, se han multiplicado.

Una gran mayoría proporciona contenidos importantes, y amplía, en efecto, los horizontes intelectuales y críticos de muchos de nosotros. Provee, además, de posibilidades de actualización, de canales para entrar en contacto con trabajos desconocidos o poco difundidos, y de espacios de encuentro y crecimiento. Lo preocupante, sin embargo, es la minoría restante, la cual, con tal de cobrar el diezmo correspondiente (y de anotar tantos para el dictante) enseñan –sin una base pedagógica seria– cosas que podrían haberse aprendido mediante la consulta de un libro en la biblioteca más cercana, o, para los que se llevan bien con las nuevas tecnologías, mediante un "clic" en un simple documento web.

Si estos fenómenos existen –y todos podemos referir ejemplos de cursos que, a la postre, resultaron carecer de sentido, contenido y valor– es porque nosotros mismos les proporcionamos espacios para su proliferación. Su poder radica en una sencilla frase de promoción: "se otorgarán certificados...", acompañada por el inseparable sufijo "valor: x pesos". La obtención y posesión de ese papel, dotado de un misterioso poder de atracción, actúa como anzuelo y nos empuja a pagar por asistir a eventos innecesarios, a aguantar peroratas insoportables y a escuchar, de labios de oradores ineptos, conferencias leídas al pie de la letra directamente de un Power Point proyectado exactamente delante de nuestros ojos.

[Esta última actitud siempre me ha provocado un profundo desasosiego y una tremenda duda: ¿pensará el disertante que no alcanzo a leer lo que dice en la pantalla? Peor aún: ¿intuirá mi analfabetismo, oh vergüenza de mis vergüenzas? ¿Qué otra razón podrá existir para que el orador evite un diseño más ingenioso y educativo, y se limite a la mera repetición de palabras que todos podemos leer? Me temo que es uno más de la interminable lista de misterios que jamás resolveré...]

Acumulamos así enormes cantidades de constancias de asistencia. ¿Acumulamos conocimientos en igual proporción? Permítanme dudarlo. Nuestra billetera pierde peso, eso sí, pero nuestro intelecto apenas si encuentra algo que aprovechar. Afortunadamente siempre existe el coffee-break, esa nueva denominación que se le ha endilgado al criollo "recreo", "pausa" o "descanso", breve intervalo en el cual uno realmente puede aprender cosas nuevas del resto de sus colegas.

Lo curioso es que muchos de esos certificados no pueden ser incluidos en una carpeta de antecedentes, al menos si se presenta ante un tribunal de evaluación serio y confiable (recordemos que hay de todo en esta enorme viña abandonada por el Señor). En efecto, la posesión de una voluminosa masa celulósica cuidadosamente ordenada no garantiza nuestra capacidad, nuestras destrezas o nuestra formación. Por el contrario, puede demostrar que pasamos más tiempo en eventos innecesarios que en espacios de real formación.

Si existen culpables en esta historia, somos nosotros. La exigencia de un alto nivel de calidad en congresos y conferencias, en seminarios y talleres, debería ser una prioridad nuestra. Si pagamos por conocimiento, éste debería ser adecuado, debería dejarnos contenidos relevantes y pertinentes a nuestra situación, que puedan ser aplicados más tarde en nuestro contexto. Renglón aparte merecemos los que nos dedicamos, de una forma o de otra, a estar frente a auditorios o clases. Nuestra responsabilidad es transmitir saber válido, proporcionar herramientas y nueva información. Se trata de un punto básico de la ética docente o profesional. Dar charlas y cursos por el mero hecho de obtener puntaje o antecedentes docentes es algo cuestionable, aunque también debo anotar que el propio sistema educativo fomenta estas prácticas (u obliga a ellas) al requerir este tipo de certificaciones de sus docentes.

Cadenas de sucesos y responsabilidades en las cuales es difícil encontrar el extremo, el origen, la causa... Seguimos, mientras tanto, siendo eventuales espectadores de acontecimientos fútiles y poco útiles, carne de cañón para el lucro de algunos que se alimentan de nuestra inocencia. Agucemos los sentidos, pues de nosotros depende que esa minoría de cursos sin valor dejen de existir, por falta de público.

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 2021-03-02.

Foto: Cómo preparar conferencias y presentaciones increíbles. En Más que negocio [enlace].

El texto está incluido en "Bitácora de un bibliotecario. Selección de entradas | 2004", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Academica.