Cabecera. Bibliotecario. Por Edgardo Civallero

el futuro nos los hacemos o nos lo hacenun blog profesional editado desde 2015

Mira lo que tengo, mira lo que hace...

Mira lo que tengo, mira lo que hace...

De tradiciones y música (III)


 

El curso de quijada lucía prometedor. ¡Por fin iba a aprender a acompañar percusivamente el festejo, ese ritmo tan alegre y enganchador! ¡Y poder cantar entonces aquello de "no me casaré con negra ni aunque el diablo me llevara / porque tienen los ojos blancos y la bemba colorá..."!

[Apunte explicativo I: La quijada es un idiófono usado en la música costeña peruana que consiste, como su nombre indica sin demasiados disimulos, en el maxilar inferior de un burro (u otro equino similar). A ser posible, desprovisto de todo resto orgánico. Y con los dientes incluidos].

Estaba animado y de buen humor, algo raro en mí. Mi "otro yo" parecía compartir the good mood, y se había pasado la mañana ronroneando por lo bajo la melodía de "El alcatraz", otro festejo que aspiraba a acompañar golpeando la quijada con el puño cerrado y frotando sus dientes con un palito.

[Apunte explicativo II: Sí, reconozco que dicho así, sin más, estoy creando en mis amables lectores una imagen mental que oscila entre lo estremecedor y lo repugnante... pero, ¿qué quieren que les diga? Así es como se interpreta una quijada].

Todo iba bien. Hasta que entré al salón en donde se impartirían las clases y me senté con mis compañeros en una de las sillas que formaban un semi-círculo en torno al lugar que seguramente ocuparía nuestro profesor cuando llegara.

Mientras esperábamos, mi compañera de la izquierda abrió su mochila y sacó su quijada. Mi compañero de la derecha desató una bolsa de plástico y sacó la suya. Y yo hice lo propio. Los tres teníamos quijadas "comunes y corrientes", de esas que se encuentran por casualidad en el campo, entre los restos semi-pútridos, semi-momificados o semi-comidos-por-los-buitres-y-los-perros del finadito de turno. Cuando di con ella, la mía aún conservaba significativos trozos de burro adheridos a su estructura, así que tuve que dejarla dos semanas sumergida en un estanque, otras dos a la vera de un hormiguero, otras dos dentro de una pila de estiércol de vaca, y las tres finales en un balde de agua con una dosis atroz de cloro. Tras eso se pasó dos meses oreándose al aire y al sol del verano. Si bien tras tan largo proceso el hueso había quedado limpio y el maxilar no había perdido una sola muela, la quijada me obsequiaba de vez en cuando unos vahos con un innegable bouquet cadavérico, como si quisiera recordarme que lo que tenía entre manos pertenecía a una morgue y no a mi colección de instrumentos musicales.

Supongo que a mis vecinos de asiento les habría pasado lo mismo, porque cruzamos miradas cómplices y sonrisas ocultas que venían a decir "sí, yo también la ventilé dos horas y la bañé en perfume antes de venir".

Fue entonces cuando, cuatro puestos más allá de nosotros, un fulano colocó a sus pies una especie de estuche rectangular de madera forrado en cuero negro. Abrió sus hebillas plateadas con calculado ruido ("zip, tac", "zip, tac") y dejó al descubierto una quijada blanquita y pulida que descansaba plácidamente en un mullido lecho de terciopelo color azul marino. La sacó de allí como quien extrajera un violín armado por las manos del mismísimo Antonio Stradivari en la Cremona de 1690, y la colocó amorosamente sobre su regazo. Luego miró a su alrededor con cierto aire satisfecho y se limitó a soltar un sonido parecido a un "je-je".

Mi "otro yo", que para aquel entonces andaba por mis adentros desafinando cruelmente el famoso festejo "El mayoral", dejó sus ocupaciones pseudo-musicales a un lado, fijó su atención en el tipo aquel, respiró hondo un par de veces, contó hasta diez en vietnamita de atrás para adelante y luego, incapaz de contenerse por más tiempo, lanzó una interjección que me hizo sonrojar incluso a mí, acostumbrado a sus excentricidades cotidianas, y que no voy a reproducir acá por eso del buen gusto y las buenas costumbres.

Yo, por mi parte, retrocedí varios lustros, a un momento puntual de mi infancia, allá en el Buenos Aires de la dictadura de Galtieri: estaba en mi colegio de primaria, y los dos compañeritos ricos de la clase (sí, había compañeritos ricos, menos ricos, pobres y muy pobres) exhibían las primeras radios portátiles made in China que llegaban al país. "Mirá lo que tengo, mirá lo que hace..." nos decían a los demás, restregándonos aquella novedad por las narices. Creo que lo que los llenaba de felicidad y satisfacción no era tener el nuevo "juguete", sino la cara de asombro y envidia que se nos ponía a los demás.

Volví al presente, y al individuo del super-estuche y la emperatriz de las quijadas. Como nunca falta un/a comedido/a que le dore la píldora a semejantes personajes, el alumno que se sentaba a su derecha lanzó un gritito en tono de Mi mayor, agitó las manos cerradas frente a su pecho y le preguntó:

—¡Es una quijada Fantino, ¿no?!

Yo podía sentir mi ceja derecha a punto de perder su forma original, alzada como dos centímetros por encima de mi ceja izquierda, en un claro gesto que los yanquis traducen por "what the fuck...?" y que en nuestro colorido y plural castellano tiene varias denominaciones, muy criollas y que tampoco reproduciré acá. Mi "otro yo", desternillándose, sugería que el dueño original de la quijada sería un burro llamado Fantino. Intrigado, consulté con mi compañera de la izquierda, la de la mochila.

—Hay un "constructor" de quijadas que se llama Fantino. Dicen que es el mejor— me respondió. Acto seguido se encogió de hombros, como si quisiera despegarse de aquella afirmación, o como si le importara una carretada de cuernos lo que se dijera por ahí.

Por lo que pude averiguar, el Fantino de marras llevaba el principio "hacer de su profesión un arte" a extremos que superaban ampliamente las fronteras del ridículo. El susodicho bañaba las quijadas en productos naturales especiales, las pulía con hojas y raíces de árboles exóticos, las dotaba de mecanismos de sujeción metálica inter-mandibular y tratamientos anti-caída dental... No sé, agreguen ustedes a la lista la primera sandez que se les ocurra: seguro que también la hacía.

Comencé a analizar la situación. La elaboración de una quijada no conlleva la aplicación de un arte milenario o de unas técnicas complejas: básicamente, basta con limpiar bien el hueso. Por ende, la eficiencia musical de una quijada no se basa en la habilidad del artesano para prepararla, sino en la del músico para hacerla sonar. Podría decirse lo mismo de la mayoría de los instrumentos musicales populares y tradicionales (y acá debo resaltar lo de populares y tradicionales). Una flauta no es más que una caña con bisel y orificios de digitación, un tambor es una armazón de madera de forma variable provista de uno o dos parches de piel curtida... Si han sido construidos correctamente, si no tienen defectos o vicios serios en su estructura —es decir, si la caña de la flauta no está rajada, si los parches del tambor están bien tensos—, su sonido dependerá muy poco de la capacidad del constructor (o de sesudos cálculos, bellos adornos o materiales exclusivos) y muy mucho de la habilidad del músico. Algo que también ocurre con la música hecha con implementos domésticos como cucharas, jarras o viejas tablas de lavar la ropa.

El caso es que la música popular y tradicional de todo el mundo fue hecha, originalmente, en y por sociedades rurales. Comunidades que no solían disponer de muchas herramientas en sus casas ni de demasiados materiales a su alcance, y que se agenciaban artefactos musicales como bien podían, usando lo que tenían a mano, y aplicando todo su ingenio, creatividad y buen gusto. Los resultados —calificados por igual de "toscos", "sorprendentes" y "magníficos"— eran los esperables de tales recursos y métodos: basta recorrer una colección museística o una muestra de instrumentos etnográficos para comprobarlo. Para más inri, esos instrumentos made in home tenían que durar el mayor tiempo posible, así que se cosían los parches rajados, se ataban las cañas rotas, se sellaban con cera los tubos de madera mellados...

Sé, porque los he construido y los he interpretado, que las cuerdas de tripa de los violines y rabeles pastoriles gruñen, los parches recosidos de los tambores y panderos campesinos vibran y zumban, los pífanos y las gaitas rurales pifian y desafinan, los charangos y bandolines indígenas "lloran" más que "cantan"... Pero con ese tipo de instrumentos, remendados, desafinados y gimientes (para los "educados" oídos occidentales y urbanos, claro está), fue que se construyó la tradición musical humana desde que el tiempo es tiempo. Y, permítanme decirlo, no lo hicieron nada mal.

Luego, claro, surgieron constructores que anunciaron que no había porqué seguir viviendo en el pasado ni en esa ruralidad al parecer tan vergonzante y "atrasada" si teníamos un presente grandioso y un futuro prometedor (ejem...) y que, tras aplicar lo último de la tecnología a la luthèrie popular, convirtieron lo que siempre fue algo tradicional en objetos "perfeccionados", por llamarlos de alguna manera. Fue así como, de las violas, clarinetes, guitarrillas, flautines y tamboriles "de pueblo" surgieron los instrumentos "de orquesta": elementos "profesionales" y "cultos", con un sonido "mejorado" (etiquetas que, en cierta forma, presuponen que los originales no eran lo suficientemente buenos).

Estos procesos no implican, en sí mismos, ningún problema: al fin y al cabo, la tradición evoluciona, y en última instancia, la existencia de instrumentos "mejorados" no puso en jaque la supervivencia de los tradicionales, que siguieron siendo construidos y utilizados independientemente de lo que se hiciera en los ámbitos "cultos". El problema apareció mucho más tarde, con los Fantinos de turno, que aprovecharon el mismo principio de "perfeccionamiento" en su propio beneficio. Tomaron instrumentos tradicionales —digamos, una gaita serrana madrileña, un violín rarámuri mexicano o un pinkuyllu de las tierras altas peruanas— y, a veces en un flagrante proceso de robo o de "apropiación" cultural, los acabaron transformando en un producto "de firma".

[Y, ya que estaban, en un bien de consumo sujeto a todas las reglas del comercio y el marketing capitalista. Pues el objetivo de Fantino & Co. nunca fue otro que vender].

Desde ahí, poco a poco, generalmente se ha ido creando toda una cadena de curiosos equívocos. Volviendo a nuestro ejemplo, hay personas que creen que el hecho de ser afortunadas poseedoras de un instrumento "tradicional" hecho por Fantino las hace merecedoras de la admiración y el respeto general (especialmente después de pagar el precio que pagaron por él). Pero no sólo eso: además, al parecer, les garantiza un buen desempeño musical (más vale, después de pagar el precio que pagaron...). Los fans de Fantino imponen la marca entre sus colegas, y en los comercios del ramo sus quijadas dominan la escena. Llega el día en que tener una quijada que no sea Fantino es un pecado cuasi-mortal (eso incluye a los intérpretes de siempre) y en que el sonido de una quijada original y auténtica es algo sucio y primitivo, un defecto solucionado por emprendedores como Fantino.

Afortunadamente, siempre queda una valiente minoría de músicos con sentido común. Son conscientes de que el verdadero artista sabe como arrancar sonidos a un pedazo de caño plástico o a un cajón de manzanas vacío, y entienden los verdaderos caminos de la tradición, que jamás se queda inmóvil y que se encuentra en eterno cambio, aunque siempre siguiendo ciertos ritmos y respetando determinados mecanismos y valores.

Me sacó de mis divagaciones internas el profesor de quijada, que finalmente llegó, nos dio las primeras instrucciones y nos puso a tocar. Y resultó que (a) la quijada Fantino tenía, en efecto, el mismo sonido que todas las demás, y (b) que su dueño necesitaba clases urgentes e intensivas de "llevar el ritmo", como todos los demás. No había ninguna magia en la quijada Fantino. Puede que fuera la más bonita, la menos maloliente, la más cara. Pero nada más.

Salí de aquella clase con un par de amigos nuevos en mi lista, algunos ejercicios rítmicos para ensayar en casa con mi quijada, y la confirmación de una sospecha que cargaba dentro desde hacía algún tiempo: el ser humano tiene una capacidad única para darle importancia a lo que no la tiene y restársela a lo que la pide a gritos. Así es como vamos perdiendo lo importante —tradiciones, memorias, identidades e historias auténticas— y nos vamos quedando con versiones o alternativas huérfanas de raíz y huecas de contenido (pero, oigan, con un glamour que ni les cuento...). Mi "otro yo", sacudiendo las caderas y haciendo palmas a puro ritmo de festejo peruano, agregó su propio aprendizaje: el síndrome de "admiración-ajena-como-combustible-del-motor-propio", me dijo, no sólo no se limita a niños en edad escolar, sino que empeora (y mucho) con la edad.

Agregó otro comentario, creo. Ocurre que me lo dijo cantando, usando para ello la música del festejo "Le dije a papá" de Eva Ayllón, y no le entendí ni jota. Otra vez será.

[Nota explicativa III: Este texto está basado en un hecho real. Y si se cambia la interpretación de un instrumento musical popular por cualquier otra expresión cultural tradicional (tejido en telar, cocina, alfarería, agricultura, herboristería, pintura facial, narración oral, canto, danza...), probablemente se encuentren muchos paralelos, igualmente verídicos].

 

Acerca de la entrada

Texto: Edgardo Civallero.

Fecha de publicación: 2021-04-27.

Foto: Quijada de burro. En La percusión afroperuana [enlace].

El texto está incluido en "De tradiciones y música – Textos publicados en Corónica", de Edgardo Civallero, publicado como pre-print en Acta Academica.

 


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